viernes, 24 de enero de 2020

Cuervo

Al amanecer, Lobo se despertó totalmente descansado y sonriendo. Por primera vez en bastante tiempo había conseguido dormir sin soñar con absolutamente nada. Se estiró y bostezó. La casa estaba en completo silencio. A través de una de las cortinas, Lobo llegó al salón. No había nadie allí. Pero la mesa tenía muchísima comida en buen estado y de aspecto jugoso. Se maravilló al principio, pero luego sonrió, ya que estaba claro este misterio. La Lechuza era hechicera, igual que él, así que seguramente sabría los secretos de la conservación, o de la purificación. Tratándose de alguien con tal devoción en los dioses, seguramente eso no sería tan raro. Además había una nota en la que ponía: "he tenido que salir temprano, coge lo que quieras :)"

Lobo empezó con unas tostadas con aceite acompañadas de beicon. "Cualquier cosa con beicon es mejor" se dijo. Después echó unos cereales en un tazón y añadió café. Eso si que lo echaba de menos, un buen café por la mañana. Pero el mundo era ahora otro lugar, y determinados recursos no existían. Apartó un poco estos pensamientos para coger varios trozos de melón y terminar así su desayuno. Seguramente no necesitaría comer en una buena temporada, o no podría, así que comió tanto como pudo, sin prisa. Estaba satisfecho y se sentía en deuda, así que decidió dejar en pago algo que no encontraría fácilmente, un recuerdo. Del interior de su abrigo, escondido dentro de un bolsillo, un pequeño objeto de madera aguardaba. Una talla en madera de un cuervo. Al principio, a pesar de haber pensado en dejarla, le dio algo de pena. Era en lo que se había entretenido mientras se paraba a descansar. La mayor parte del tiempo, intentar dormir era bastante problemático. Lo normal es que acabara teniendo sueños lúcidos, visiones, etc. Cuando pasa una vez no pasa nada, queda a veces en un susto y otras en un éxtasis, pero cuando toda la eternidad sucede, pasas del asombro al cansancio y del cansancio a veces a la locura y al estrés.

Se arrodilló un momento en señal de respeto y dejó el cuervo de madera en la mesa, dando las gracias por el buen trato recibido. Tras esto se incorporó y salió del lugar. Las pocas calles que tenía el pueblo estaban desiertas aún, aunque en la plaza, junto al local que había servido de parada la tarde anterior, si que se podía ver a gente, con sus abrigos y sus gorros, los cuales, dedujo Lobo, eran seguramente para protegerse de la arena, y no para el frío, el cual tampoco apretaba. Al llegar a la puerta, el guarda que estaba en ese momento ordenó abrir la puerta, quizá ya advertido por sus compañeros sobre su presencia. Antes de irse, cogió la bolsa de discos de plata y se la arrojó a los pies.
- A donde voy no necesitaré ya ninguna- dijo ante la mirada incrédula del guarda.- No me mire así, no voy a suicidarme, hombre.
Aún sin saber que contestar, esa cantidad de dinero era inaudita, así que la cogió sin rechistar mientras trataba de no tener la boca abierta y le hizo un gesto de agradecimiento.

Lo cierto era que ni siquiera sabía si volvería a pasar por ahí. En realidad no es que le fuera tan necesario, acabó en ese pueblo por casualidad. Sabía donde estaba su destino y mas o menos como llegar a él, pero no lo que encontraría por el camino. Aunque desde luego se agradecía un techo familiar y una cara conocida, más aun siendo una que le traía tantos y tan buenos recuerdos. Así que al salir de allí, una sonrisa nostálgica se instaló en su cara durante un rato mientras recordaba todas esas anécdotas con el Buho y con la Lechuza. Todas aquellas tardes de profundas conversaciones mientras calentaban el te, con hierbas recién cogidas, junto al Ciervo, el Oso, y el Cuervo. Oh, el Cuervo. Si había alguien que le producía nostalgia era sin duda el Cuervo.

Trató de alejar lo mas rápido esos pensamientos cuando llegó a el Cuervo. Le producían gran pesar, y eso que había pasado ya tanto tiempo. Una lágrima se le escapó furtivamente y el Lobo ni siquiera lo notó hasta que sintió la humedad en su mejilla. Refunfuñó un poco y se culpó de aquellos sentimientos. Pero como era natural, no tenía caso. Los recuerdos se le desbocaron tras caminar un rato por las arenas de aquel desierto en el que se había convertido aquel paraje, antaño lleno de vegetación. Recordó el claro en el que iba a visitarla. El Cuervo cantaba y bailaba, siempre en movimiento, con sus largos cabellos negros libres al viento, en contraste con su blanca piel y el rojo, casi sanguíneo y perpetuo de sus labios. El azul de sus ojos mostraba un rastro de dolor y de resignación hechizantes. Y sus vestimentas, llenas de plumas negras, daban un aire aún mas místico a la gran sacerdotisa del Allfather, el dios de Asgard, Odin. Cuervo era, al menos a ojos de Lobo, el equivalente a un ángel en la tierra. Sus movimientos y sus palabras, musicales hasta el punto de lo ultraterreno, eran fuente de miedo y de misterio para todos los que junto a ella se encontraban. Por una parte era normal para el común de los mortales, no todos los días se acerca a ti una chica casi llevada por el viento y te habla casi en susurros, con musicalidad, mientras parece que una suave brisa la mece. Era de las pocas personas que se atrevieron a acercarse a él.

Se odió Lobo otro poco a sí mismo mientras se esforzaba por centrarse en su objetivo y en lo mucho que estaba deseando llegar a su destino. Ni por esas. Una vez la memoria se desboca, dará igual que lo intentes que esta se va a los rincones mas dolorosos que pueda encontrar. El sentimiento al recordar le era dulce. Como era algo inútil estar de morros, dejó la culpa a un lado y se recreó un poco. Si hacía el esfuerzo podía recordar la sensación que le suponía abrazarla, oler la frescura que emanaba su pelo, o la dulzura de sus palabras. Nunca le dijo nada bruscamente. Ni una riña, ni un mal momento, ni tampoco incomodidad. Al principio, al igual que muchísima gente, Cuervo tenía miedo de Lobo y de su círculo. Viviendo encerrados en aquel extenso bosque y ajenos a un mundo que había cambiado de manera radical, Lobo y Cuervo vivían en su propio mundo de preocupaciones. Congelados en una etapa de su vida, la existencia parecía mas sencilla. Los dioses eran reales, y les habían concedido su favor. Sus nombres no eran una casualidad, pues habían retornado a costumbres primitivas y animistas, y cada uno de ellos era una persona única. La vida allí parecía tener mas sentido que en sus lugares de origen. Aquella extraña llamada fue lo que necesitaron. Acudir, a pesar de lo irracional que parecía, les había dado una oportunidad de ser algo en un mundo que les parecía indolente y que no les necesitaba. En cambio, en aquel lugar habían encontrado un rincón y una función que ejercer dentro de un pequeño grupo. Y pronto sus nuevas costumbres y creencias tuvieron un resultado inesperado. Los rituales de consagración y las libaciones a los dioses paganos obtuvieron una respuesta, y a través de la meditación, de los viajes astrales y de las drogas alucinógenas, cada uno de los habitantes de aquel bosque conoció a su dios guía. Lobo fue sorprendido por el dios Thor, quien le encargó una tarea que aún a día de hoy le ha atormentado. Era el que cazaría a los enemigos de esa gente, el que impediría que los habitantes del bosque cayeran en manos de la corrupción que suponía su poder actual, y quien defendería a los guardianes de aquel mítico bosque.

Por eso se odiaba a si mismo. Porque se decía que Cuervo había muerto por su culpa. Porque mató demasiado tarde a el Jabalí. Eso era lo que se decía para sus adentros.

En sus brazos, una masa negra y desfigurada se iba descomponiendo mas rápido de lo habitual mientras él se ponía a temblar y a llorar. "No quiero que te vayas" gritó al viento mientras sus lágrimas no dejaban de caer "Te quiero, joder, te quiero... ¿Por qué te tenía que pasar a ti?" Durante toda una noche, mientras la tormenta no paraba de crecer, nadie se atrevió a ofrecerle siquiera consuelo

Volvía a llorar, esta vez con resignación, mientras recordaba esos momentos. Pero estaba claro que Cuervo no quería que llorase ni que se sintiera mal por eso. No podía evitarlo. Ni siquiera su amigo, el Buho, pudo hacer nada por mejorar su ánimo, que quedaría marchito durante mucho tiempo hasta que por fin, aceptando su amargo sino, Lobo volvió a la actividad. Entonces los dioses le indicaron el camino a seguir. Sorprendido, Lobo supo que si ahora le estaban hablando todos, era porque su labor era mas necesaria que nunca. Y se le acababa el tiempo.

Mientras trataba, ya por fin, de reanudar el camino, el viento empezó a levantarse. Al principio esto no supuso demasiada molestia, pero mientras las arenas se le echaban encima, comprobó que era imposible cubrirse los ojos, y también caminar. Acudió a sus recuerdos.

- No trates de dominarlo- le decía una melodiosa voz- Solo dale libertad.
- Pero si le dejo libertad...- preguntó- ¿entonces no se tomaría el camino por su propia mano?
- ¿Y cual es en realidad su voluntad?- le preguntó la voz mostrando su sonrisa mas sincera- ¿Es que acaso no querrías que la persona que amas sea libre?
- Amor es la ley- dijo con reveladora sorpresa- Amor bajo voluntad
Recibió un suave beso en su mejilla
- Lo has entendido


Cruzó los brazos mientras se arrodillaba y con el recuerdo de Cuervo trató de imaginar su libertad, su candor, su risa, no atadas a ley ni persona alguna. Miles de sentimientos, decisiones y deseos se agolparon en su cabeza mientras trataba de verla volando en el aire, saludándole, diciendo adiós. Y fue en ese momento en el que el aire alrededor de él envolvió su cuerpo como una capa protectora y se extendió para crear una corriente que desplazaba la arena y le permitía ver y caminar. Se sintió ligero, como dominado por un fuerte deseo de llegar a su destino, y tal ligereza alivió la carga de su corazón. Cuervo ya no estaba ahí, pero su legado vivía en él. Sus enseñanzas era algo que atesoraba y que nunca reveló a nadie.

- ¿Puedo...?- preguntó tímida y apesadumbrada Cuervo- ¿Puedo entrar?
Desde dentro de aquel círculo de árboles sagrados, el Ciervo observaba. Estricto pero justo, Ciervo era el guardián del bosque, su impertérrito cuidador y la única presencia en aquel lugar
- Vienes a mi, oh Cuervo, en un momento de desesperación- dijo interrumpiendo su meditación, desnudo de torso para arriba, con sus pantalones con cinturón de cuerda como única prenda- Y me pides entrar en el sagrado refugio del que huyen todos los demás- Se levantó Ciervo, soltando sus rojos y lisos cabellos- Quizá debo informarte antes, soñadora innata, de que aquí se reúnen los que dan miedo a los demás. Aquí viven el Buho, la Lechuza, el Oso y el Lobo. Si a estos no temes, entonces eres bienvenida de pasar. Si no, marcha en paz
- No me importa que sean ellos los que aquí viven- le dijo intentando serenar su pesadez- Soy una repudiada. Estoy demasiado sola
Ciervo abrió los brazos y ella se abalanzó sobre él. Fue entonces cuando la serenidad terminó por destruirse y los llantos desconsolados de Cuervo perturbaron a los que en el claro vivían, quienes dejaron todo lo que estaban haciendo para acudir y comprender lo que estaba pasando. De entre ellos, Lobo fue quien no podía creerse lo que veía. Había rumores. Su propio dios, Thor, le había hablado de ella. Ahora, mas allá de todo rumor y de toda sospecha, estaba allí, en su casa.


Las horas pasaron y mucho caminar, el clima del desierto cambió al frío invernal habitual de sus noches. Lobo encontró una cavidad en un paso entre las gigantescas rocas de aquel basto arenal e hizo un círculo. En él plantó su mano izquierda y lentamente empezó a dibujar la runa Kaunaz mientras imaginaba el calor del fuego, la calidez del hogar y el color de las brasas. Pronunció el nombre de la runa, cantándolo al cielo, y en respuesta la runa ardió. proporcionando un fuego que no se extinguiría con toda seguridad hasta la mañana. No es que le apeteciese dormir, pero quizá hacerlo le despejara la cabeza un poco. Se tiró al suelo.


Miró a su alrededor y se vió dentro de un lugar de una tierra gris, rodeado de niebla por todas partes. Conocía este lugar. Había estado allí muchas veces desde que fue elegido por Thor. Pasando a traves de la tierra de las brumas, y pasado el gran arcoiris, en el gran salón del Hlidskjálf su dios le comandaba, y allí fue donde también vio a los demas dioses. Pero esta vez no hubo arcoiris, ni pasó a traves de las dimensiones, sino que parecía flotar en medio de la gran inmensidad. De entre la niebla, la figura familiar y angelical de Cuervo surgió, dejando asombrado a Lobo, quien solo podía temblar de emoción al tener una visión de su amiga.
- Cuervo- dijo sin poder recomponerse, con la boca abierta y los brazos deseosos de extenderse
- Tranquilo, amigo mio- le dijo Cuervo con un gesto en señal de calma pero esbozando una sonrisa.
- Te echo tanto de menos- dijo Lobo parando su intento- Me ha costado mucho seguir adelante sin ti.
- Lo se, Sigurd. Si, conozco tu nombre. Conozco muchas cosas que no te atreves a decirme.
- Quise acabar diciéndotelo, pero nunca era el momento
- Yo quise decirte muchas cosas también. Pero hoy traigo un mensaje.
- ¿Te envían a ti para ello? No lo entiendo. Los dioses podrían perfectamente venir.
- Si, pero... es que me han dejado decírtelo porque es algo mío.
- ¿Algo tuyo? ¿Tienes algo que decirme?
- Claro, tonto- dijo sonriéndole- Tres cosas, de hecho. La primera, es mi enhorabuena porque has entendido al viento y ahora se te da bien usarlo. La segunda es que... gracias por no olvidarte de mi.
- No podría- le dijo Sigurd mirando al suelo.
- Y la tercera es mucho mas personal.- dijo acercándose.- Me tienes que prometer que guardarás el secreto- algo en su semblante cambió, y Sigurd pudo notar la seriedad en su semblante.
- Te lo prometo. Así muera si tal secreto sale de mis labios.
- No hace falta algo tan bestia, cielo.
En su oído, escuchó el mayor secreto que un hechicero del bosque podía oír de otro, un secreto que no revelaban a nadie salvo a una o dos personas en su vida desde sus votos. Su nombre.

Despertó Sigurd, sintiendo como su corazón latía a una velocidad inusual y con fuerzas renovadas. En su cabeza no paraba de volver las imágenes de sus sueños, y por primera vez en mucho tiempo, desde aquel trágico día, la vida tenía sentido.