Al amanecer, Lobo se despertó totalmente descansado y sonriendo. Por primera vez en bastante tiempo había conseguido dormir sin soñar con absolutamente nada. Se estiró y bostezó. La casa estaba en completo silencio. A través de una de las cortinas, Lobo llegó al salón. No había nadie allí. Pero la mesa tenía muchísima comida en buen estado y de aspecto jugoso. Se maravilló al principio, pero luego sonrió, ya que estaba claro este misterio. La Lechuza era hechicera, igual que él, así que seguramente sabría los secretos de la conservación, o de la purificación. Tratándose de alguien con tal devoción en los dioses, seguramente eso no sería tan raro. Además había una nota en la que ponía: "he tenido que salir temprano, coge lo que quieras :)"
Lobo empezó con unas tostadas con aceite acompañadas de beicon. "Cualquier cosa con beicon es mejor" se dijo. Después echó unos cereales en un tazón y añadió café. Eso si que lo echaba de menos, un buen café por la mañana. Pero el mundo era ahora otro lugar, y determinados recursos no existían. Apartó un poco estos pensamientos para coger varios trozos de melón y terminar así su desayuno. Seguramente no necesitaría comer en una buena temporada, o no podría, así que comió tanto como pudo, sin prisa. Estaba satisfecho y se sentía en deuda, así que decidió dejar en pago algo que no encontraría fácilmente, un recuerdo. Del interior de su abrigo, escondido dentro de un bolsillo, un pequeño objeto de madera aguardaba. Una talla en madera de un cuervo. Al principio, a pesar de haber pensado en dejarla, le dio algo de pena. Era en lo que se había entretenido mientras se paraba a descansar. La mayor parte del tiempo, intentar dormir era bastante problemático. Lo normal es que acabara teniendo sueños lúcidos, visiones, etc. Cuando pasa una vez no pasa nada, queda a veces en un susto y otras en un éxtasis, pero cuando toda la eternidad sucede, pasas del asombro al cansancio y del cansancio a veces a la locura y al estrés.
Se arrodilló un momento en señal de respeto y dejó el cuervo de madera en la mesa, dando las gracias por el buen trato recibido. Tras esto se incorporó y salió del lugar. Las pocas calles que tenía el pueblo estaban desiertas aún, aunque en la plaza, junto al local que había servido de parada la tarde anterior, si que se podía ver a gente, con sus abrigos y sus gorros, los cuales, dedujo Lobo, eran seguramente para protegerse de la arena, y no para el frío, el cual tampoco apretaba. Al llegar a la puerta, el guarda que estaba en ese momento ordenó abrir la puerta, quizá ya advertido por sus compañeros sobre su presencia. Antes de irse, cogió la bolsa de discos de plata y se la arrojó a los pies.
- A donde voy no necesitaré ya ninguna- dijo ante la mirada incrédula del guarda.- No me mire así, no voy a suicidarme, hombre.
Aún sin saber que contestar, esa cantidad de dinero era inaudita, así que la cogió sin rechistar mientras trataba de no tener la boca abierta y le hizo un gesto de agradecimiento.
Lo cierto era que ni siquiera sabía si volvería a pasar por ahí. En realidad no es que le fuera tan necesario, acabó en ese pueblo por casualidad. Sabía donde estaba su destino y mas o menos como llegar a él, pero no lo que encontraría por el camino. Aunque desde luego se agradecía un techo familiar y una cara conocida, más aun siendo una que le traía tantos y tan buenos recuerdos. Así que al salir de allí, una sonrisa nostálgica se instaló en su cara durante un rato mientras recordaba todas esas anécdotas con el Buho y con la Lechuza. Todas aquellas tardes de profundas conversaciones mientras calentaban el te, con hierbas recién cogidas, junto al Ciervo, el Oso, y el Cuervo. Oh, el Cuervo. Si había alguien que le producía nostalgia era sin duda el Cuervo.
Trató de alejar lo mas rápido esos pensamientos cuando llegó a el Cuervo. Le producían gran pesar, y eso que había pasado ya tanto tiempo. Una lágrima se le escapó furtivamente y el Lobo ni siquiera lo notó hasta que sintió la humedad en su mejilla. Refunfuñó un poco y se culpó de aquellos sentimientos. Pero como era natural, no tenía caso. Los recuerdos se le desbocaron tras caminar un rato por las arenas de aquel desierto en el que se había convertido aquel paraje, antaño lleno de vegetación. Recordó el claro en el que iba a visitarla. El Cuervo cantaba y bailaba, siempre en movimiento, con sus largos cabellos negros libres al viento, en contraste con su blanca piel y el rojo, casi sanguíneo y perpetuo de sus labios. El azul de sus ojos mostraba un rastro de dolor y de resignación hechizantes. Y sus vestimentas, llenas de plumas negras, daban un aire aún mas místico a la gran sacerdotisa del Allfather, el dios de Asgard, Odin. Cuervo era, al menos a ojos de Lobo, el equivalente a un ángel en la tierra. Sus movimientos y sus palabras, musicales hasta el punto de lo ultraterreno, eran fuente de miedo y de misterio para todos los que junto a ella se encontraban. Por una parte era normal para el común de los mortales, no todos los días se acerca a ti una chica casi llevada por el viento y te habla casi en susurros, con musicalidad, mientras parece que una suave brisa la mece. Era de las pocas personas que se atrevieron a acercarse a él.
Se odió Lobo otro poco a sí mismo mientras se esforzaba por centrarse en su objetivo y en lo mucho que estaba deseando llegar a su destino. Ni por esas. Una vez la memoria se desboca, dará igual que lo intentes que esta se va a los rincones mas dolorosos que pueda encontrar. El sentimiento al recordar le era dulce. Como era algo inútil estar de morros, dejó la culpa a un lado y se recreó un poco. Si hacía el esfuerzo podía recordar la sensación que le suponía abrazarla, oler la frescura que emanaba su pelo, o la dulzura de sus palabras. Nunca le dijo nada bruscamente. Ni una riña, ni un mal momento, ni tampoco incomodidad. Al principio, al igual que muchísima gente, Cuervo tenía miedo de Lobo y de su círculo. Viviendo encerrados en aquel extenso bosque y ajenos a un mundo que había cambiado de manera radical, Lobo y Cuervo vivían en su propio mundo de preocupaciones. Congelados en una etapa de su vida, la existencia parecía mas sencilla. Los dioses eran reales, y les habían concedido su favor. Sus nombres no eran una casualidad, pues habían retornado a costumbres primitivas y animistas, y cada uno de ellos era una persona única. La vida allí parecía tener mas sentido que en sus lugares de origen. Aquella extraña llamada fue lo que necesitaron. Acudir, a pesar de lo irracional que parecía, les había dado una oportunidad de ser algo en un mundo que les parecía indolente y que no les necesitaba. En cambio, en aquel lugar habían encontrado un rincón y una función que ejercer dentro de un pequeño grupo. Y pronto sus nuevas costumbres y creencias tuvieron un resultado inesperado. Los rituales de consagración y las libaciones a los dioses paganos obtuvieron una respuesta, y a través de la meditación, de los viajes astrales y de las drogas alucinógenas, cada uno de los habitantes de aquel bosque conoció a su dios guía. Lobo fue sorprendido por el dios Thor, quien le encargó una tarea que aún a día de hoy le ha atormentado. Era el que cazaría a los enemigos de esa gente, el que impediría que los habitantes del bosque cayeran en manos de la corrupción que suponía su poder actual, y quien defendería a los guardianes de aquel mítico bosque.
Por eso se odiaba a si mismo. Porque se decía que Cuervo había muerto por su culpa. Porque mató demasiado tarde a el Jabalí. Eso era lo que se decía para sus adentros.
En sus brazos, una masa negra y desfigurada se iba descomponiendo mas rápido de lo habitual mientras él se ponía a temblar y a llorar. "No quiero que te vayas" gritó al viento mientras sus lágrimas no dejaban de caer "Te quiero, joder, te quiero... ¿Por qué te tenía que pasar a ti?" Durante toda una noche, mientras la tormenta no paraba de crecer, nadie se atrevió a ofrecerle siquiera consuelo
Volvía a llorar, esta vez con resignación, mientras recordaba esos momentos. Pero estaba claro que Cuervo no quería que llorase ni que se sintiera mal por eso. No podía evitarlo. Ni siquiera su amigo, el Buho, pudo hacer nada por mejorar su ánimo, que quedaría marchito durante mucho tiempo hasta que por fin, aceptando su amargo sino, Lobo volvió a la actividad. Entonces los dioses le indicaron el camino a seguir. Sorprendido, Lobo supo que si ahora le estaban hablando todos, era porque su labor era mas necesaria que nunca. Y se le acababa el tiempo.
Mientras trataba, ya por fin, de reanudar el camino, el viento empezó a levantarse. Al principio esto no supuso demasiada molestia, pero mientras las arenas se le echaban encima, comprobó que era imposible cubrirse los ojos, y también caminar. Acudió a sus recuerdos.
- No trates de dominarlo- le decía una melodiosa voz- Solo dale libertad.
- Pero si le dejo libertad...- preguntó- ¿entonces no se tomaría el camino por su propia mano?
- ¿Y cual es en realidad su voluntad?- le preguntó la voz mostrando su sonrisa mas sincera- ¿Es que acaso no querrías que la persona que amas sea libre?
- Amor es la ley- dijo con reveladora sorpresa- Amor bajo voluntad
Recibió un suave beso en su mejilla
- Lo has entendido
Cruzó los brazos mientras se arrodillaba y con el recuerdo de Cuervo trató de imaginar su libertad, su candor, su risa, no atadas a ley ni persona alguna. Miles de sentimientos, decisiones y deseos se agolparon en su cabeza mientras trataba de verla volando en el aire, saludándole, diciendo adiós. Y fue en ese momento en el que el aire alrededor de él envolvió su cuerpo como una capa protectora y se extendió para crear una corriente que desplazaba la arena y le permitía ver y caminar. Se sintió ligero, como dominado por un fuerte deseo de llegar a su destino, y tal ligereza alivió la carga de su corazón. Cuervo ya no estaba ahí, pero su legado vivía en él. Sus enseñanzas era algo que atesoraba y que nunca reveló a nadie.
- ¿Puedo...?- preguntó tímida y apesadumbrada Cuervo- ¿Puedo entrar?
Desde dentro de aquel círculo de árboles sagrados, el Ciervo observaba. Estricto pero justo, Ciervo era el guardián del bosque, su impertérrito cuidador y la única presencia en aquel lugar
- Vienes a mi, oh Cuervo, en un momento de desesperación- dijo interrumpiendo su meditación, desnudo de torso para arriba, con sus pantalones con cinturón de cuerda como única prenda- Y me pides entrar en el sagrado refugio del que huyen todos los demás- Se levantó Ciervo, soltando sus rojos y lisos cabellos- Quizá debo informarte antes, soñadora innata, de que aquí se reúnen los que dan miedo a los demás. Aquí viven el Buho, la Lechuza, el Oso y el Lobo. Si a estos no temes, entonces eres bienvenida de pasar. Si no, marcha en paz
- No me importa que sean ellos los que aquí viven- le dijo intentando serenar su pesadez- Soy una repudiada. Estoy demasiado sola
Ciervo abrió los brazos y ella se abalanzó sobre él. Fue entonces cuando la serenidad terminó por destruirse y los llantos desconsolados de Cuervo perturbaron a los que en el claro vivían, quienes dejaron todo lo que estaban haciendo para acudir y comprender lo que estaba pasando. De entre ellos, Lobo fue quien no podía creerse lo que veía. Había rumores. Su propio dios, Thor, le había hablado de ella. Ahora, mas allá de todo rumor y de toda sospecha, estaba allí, en su casa.
Las horas pasaron y mucho caminar, el clima del desierto cambió al frío invernal habitual de sus noches. Lobo encontró una cavidad en un paso entre las gigantescas rocas de aquel basto arenal e hizo un círculo. En él plantó su mano izquierda y lentamente empezó a dibujar la runa Kaunaz mientras imaginaba el calor del fuego, la calidez del hogar y el color de las brasas. Pronunció el nombre de la runa, cantándolo al cielo, y en respuesta la runa ardió. proporcionando un fuego que no se extinguiría con toda seguridad hasta la mañana. No es que le apeteciese dormir, pero quizá hacerlo le despejara la cabeza un poco. Se tiró al suelo.
Miró a su alrededor y se vió dentro de un lugar de una tierra gris, rodeado de niebla por todas partes. Conocía este lugar. Había estado allí muchas veces desde que fue elegido por Thor. Pasando a traves de la tierra de las brumas, y pasado el gran arcoiris, en el gran salón del Hlidskjálf su dios le comandaba, y allí fue donde también vio a los demas dioses. Pero esta vez no hubo arcoiris, ni pasó a traves de las dimensiones, sino que parecía flotar en medio de la gran inmensidad. De entre la niebla, la figura familiar y angelical de Cuervo surgió, dejando asombrado a Lobo, quien solo podía temblar de emoción al tener una visión de su amiga.
- Cuervo- dijo sin poder recomponerse, con la boca abierta y los brazos deseosos de extenderse
- Tranquilo, amigo mio- le dijo Cuervo con un gesto en señal de calma pero esbozando una sonrisa.
- Te echo tanto de menos- dijo Lobo parando su intento- Me ha costado mucho seguir adelante sin ti.
- Lo se, Sigurd. Si, conozco tu nombre. Conozco muchas cosas que no te atreves a decirme.
- Quise acabar diciéndotelo, pero nunca era el momento
- Yo quise decirte muchas cosas también. Pero hoy traigo un mensaje.
- ¿Te envían a ti para ello? No lo entiendo. Los dioses podrían perfectamente venir.
- Si, pero... es que me han dejado decírtelo porque es algo mío.
- ¿Algo tuyo? ¿Tienes algo que decirme?
- Claro, tonto- dijo sonriéndole- Tres cosas, de hecho. La primera, es mi enhorabuena porque has entendido al viento y ahora se te da bien usarlo. La segunda es que... gracias por no olvidarte de mi.
- No podría- le dijo Sigurd mirando al suelo.
- Y la tercera es mucho mas personal.- dijo acercándose.- Me tienes que prometer que guardarás el secreto- algo en su semblante cambió, y Sigurd pudo notar la seriedad en su semblante.
- Te lo prometo. Así muera si tal secreto sale de mis labios.
- No hace falta algo tan bestia, cielo.
En su oído, escuchó el mayor secreto que un hechicero del bosque podía oír de otro, un secreto que no revelaban a nadie salvo a una o dos personas en su vida desde sus votos. Su nombre.
Despertó Sigurd, sintiendo como su corazón latía a una velocidad inusual y con fuerzas renovadas. En su cabeza no paraba de volver las imágenes de sus sueños, y por primera vez en mucho tiempo, desde aquel trágico día, la vida tenía sentido.
viernes, 24 de enero de 2020
martes, 5 de enero de 2016
Mas allá de lo humano
El caminante avanzaba. Llevaba ya muchísimo tiempo haciéndolo y parecía que aún no hubiese dado con la pieza que le faltaba. A pesar del viento, y a pesar de la arena que había en él, el caminante estaba muy calmado y en su expresión no había ni pizca de preocupación. Su pelo, ahora recogido en coleta, se movía hacia su derecha, más o menos en esa dirección en la que el viento estaba soplando. Tenía las manos guardadas en los bolsillos de un abrigo de cuero negro forrado de pelo por dentro para evitar el frío. En sus piernas se podían ver pantalones de color negro y botas de resistente cuero cubrían sus pies. Parecería preparado para las distancias largas de no ser porque no tenía nada a sus espaldas. Ni una mochila que poder usar para guardar un bocadillo, o una cartera. Nada. ¿Quién lo diría? Quien no conociera al viajero pensaría que en realidad no era un viajero. Pero las necesidades de este caminante no son las mismas que las tuyas y las mías.
Caminó entre las dunas y las afiladas rocas del desierto hasta que divisó varios postes que en su día eran telefónicos, lo que le señalaba que ahí, en algún lugar que no conocía aún, había una ciudad. Justo lo que necesitaba, realmente. Estaba ligeramente perdido, y llamar la atención no le interesaba en absoluto. Así que apretó el paso y pensó en qué bebida tomaría al llegar. Se estaba decantando por chocolate caliente. Hacía varias estaciones que no probaba una buena taza, y quizá en esa ciudad hubiera suerte.
Debo decir que el concepto de ciudad no debe del todo parecerse al nuestro, aunque posiblemente esté relacionado. Para que nos hagamos una idea, una ciudad de allí era un pequeño reducto de población que aún había sobrevivido, estaría amurallada para evitar los saqueos, y el estado de conservación de su tecnología podría denominarse como... precario. Apenas había quedado algo de tecnología en buen estado después del gran resplandor. Por supuesto, y si hemos deducido bien, se trata de una explosión nuclear, o al menos eso es lo que se acabó creyendo. Hay otras hipótesis y teorías mucho mas descabelladas, pero apenas se pronuncian, ya que el origen de una catástrofe suele dar igual. Lo importante con mucho, es que la catástrofe se ha dado. Los nuevo pobladores luchan contra muchos tipos de peligro. No solo están los saqueadores, que como es natural roban los recursos de otros, sino también peligrosas sectas tecnománticas que tratan de recuperar la tecnología perdida en su propio beneficio. Porque a pesar del deterioro, ya antes del resplandor surgieron grandiosos avances en la biomecánica, y el procesamiento de órdenes a diversos aparatos que sustituían miembros del cuerpo no es ningún secreto. Y sin embargo, ahora mismo la mayoría de los que usan tecnología sustitutiva, se han visto consumidos por ella.
En efecto, al llegar a lo que parecía una puerta, pues estaba formada por varias chapas conglomeradas con soplete, había vigilancia. En señal de paz, el caminante levantó las manos para que se acercaran a registrar sus pertenencias. Se acercó un hombre ya mayor con un rifle automático y otro mas joven y con mirada un poco menos atenta, que procedió a cachearle. Llevaban ambos abrigos modelo tres cuartos y gorros de invierno posiblemente sacados de los restos de alguna instalación militar. Los rifles eran bastante antiguos y de fabricación rusa.
- ¿Motivo de la visita?- dijo el mas viejo, que le miraba firme a pesar de no estar alarmado.
- Vengo de paso.- respondió el caminante, que sorprendió a ambos guardias con la claridad de su acento- Necesito aprovisionarme y descansar para el largo viaje que me espera.
- Hablas muy bien nuestro idioma, pero juraría que eres extranjero- dijo el viejo, sorpendido.
- Y la verdad es que lo soy. Pero he estudiado bastante el idioma. Aún tengo que adentrarme mucho más en el desierto, y el camino que tengo aún es bastante largo, o eso creo.
- ¿O eso crées? ¿Cuál es tu destino?
- La antigua fábrica de acero de Vernik.
El viejo no sabía ni de qué estaba hablando. El nombre ni siquiera le sonaba, pero el caminante hablaba con una seguridad tal, que no le quedaron dudas y decidió creerle. Cuando el joven paró de registrarle, solo encontró discos de plata en una bolsa. Se sorprendieron ambos. Los discos de plata eran la unidad monetaria de este nuevo mundo, y el caminante tenía una bolsa llena a rebosar de estas monedas. Podía comprar lo que quisiera de allí. Podía incluso comprar el pueblo.
- Nunca he visto tanta plata junta- dijo el mas joven de los guardias- Debo estar soñando.
- No, no sueñas- dijo caminante entre risas y recuperando la bolsa- La conseguí defendiéndome de unos simpáticos asaltantes.
- Debieron de ser cientos. ¡Cientos y peligrosos! ¿Cómo te defendiste?
- Antes tenía Claymores. Muchas. Ya sabes, patatas calientes. Solo tenían que acercarse. En el lugar del que procedo hay muchas- dijo mintiendo. Pero dejaron de hacerle preguntas que pudieran incomodarles. Estaba claro que quería gastar dinero, y eso a la ciudad le venía muy bien.- Por cierto ¿dónde estoy?
- Nuevo Lenningrado- dijo el viejo abriendo la puerta- Un refugio contra las arenas.
Al abrir, el caminante vió una ciudad de chatarra, con un gran pozo en el medio y muchos tuberías que recorren la ciudad. Parecía que hubiera agua limpia para toda la ciudad, a pesar de ser casi un pequeño reducto. Y en sus pequeñas calles había muy poca gente. Dos o tres personas que realmente ni se inmutaron ante la presencia del caminante. Y de los pocos edificios que quedaban en pie, la cafetería era el que más destacaba. Y aún así, al entrar, el caminante la vio casi vacía. Era un edificio pequeño e independiente que aún conservaba todos sus cristales y que tenía un luminoso que de vez en cuando podía encenderse. Tenía algun taburete en el que poder sentarte junto a la barra y también alguna que otra mesa con sillas. La única presencia allí era una chica morena, de cabellos plateados, que tenía una taza entre las manos y que iba cubierta por un gran manto gris bastante desgastado, sentada en una de las mesas del local. El caminante se acercó a la barra y allí pudo ver a una anciana de cabellos grises a la cual le costaba mucho siquiera ponerse en pie.
- Buenas noches- saludó alegre el caminante
- Buenas noches, joven- le devolvió el saludo la anciana- ¿qué va a tomar?
- Pues la verdad es que quisiera un chocolate caliente, a ser posible- pidió timidamente.
- Si, aún me queda. Sientese, joven. La chica creo que le conoce, ha dicho que pasaría un chico pidiendo chocolate caliente- añadió la anciana mientras entraba dentro a por una taza. Cuando la chica echó la cabeza hacia atrás, el caminante pudo reconocerla.
- Lechuza- dijo sentándose frente a ella en voz baja- Que sorpresa.
- La sorpresa es mía, Lobo- respondió la chica dando un sorbo a su taza.- Pero... no se si podemos calificarla de agradable.
Lechuza era una chica de piel morena y cabello blanco como la nieve. Sus ojos, verdes aceituna, reflejaban en su mirada el dolor que sabía cercano. Sus labios, morados por naturaleza, quería seguir sonriendo.
- Sabes entonces que estoy buscando al Buho- dijo con tono mas serio.
- Si.- dijo a punto de llorar- Tendrás piedad al menos, ¿verdad? ¿Puedo pedirte piedad?
- No lo hago por gusto, de verdad.
- Conozco tu misión, Lobo. No es que lo hagas por placer, pero lo haces. La comadreja, el sapo, el jabalí...
- El jabalí tenía que ser destruido, Lechuza. No estabas allí cuando casi nos destuyó a todos.
- Te guste o no, eres nuestro verdugo, Lobo. No te echo la culpa, pero es tu papel. Cuando nuestro papel falle, el tuyo será el importante. Y tu mano debe ser firme.
El chocolate llegó, y el trago fue largo y esperado. Pero le quedó cierto sabor amargo que no era por otra cosa que no fuera la verdad de las palabras de la lechuza.
- En el fondo es de agradecer que sea yo el que haga esto. No se que hubiera pasado si fuera otro- dijo Lobo mirando su taza.
- Nadie más podía hacerlo. Tenías que hacerlo tu. Lo de Cuervo fué una terrible tragedia.
Dejó de beber Lobo súbitamente y trató de no pensar en ese nombre. La tragedia del Cuervo era algo que seguía atormentándole desde hacía ya muchos años. Recordarlo era algo amargo, pero Lechuza tenía razón, era el incidente que cambió el papel de Lobo. No solo vió lo que la corrupción podía hacer para con uno de ellos, sino que además tal revelación mataba. Las consecuencias eran horrorosas y la muerte de Cuervo era precisamente el impulso que le hizo dar el salto a convertirse en el brazo ejecutor. Otros, como Ciervo, como Oso, como Araña, eran sabios que no tenían que salir de su refugio para desempeñar su labor. Pero Lobo tenía una pesada carga en sus hombros que debía llevar. La amargura de la revelación inicial, cuando tuvo tal conocimiento al alcance, dió paso a la rabia tras la pérdida de Cuervo.
- Aún lo recuerdo- dijo levantando la vista- Es algo que me acompañará siempre.
- Está muy enfermo, Lobo.- dijo Lechuza, esta vez dejando que dos amargas lágrimas cayeran de sus ojos- Se muere. El Buho se muere.
- ¿Cómo sabes eso?- dijo Lobo sorprendido, pues esa información era confidencial- Nadie sabía que le pasaba algo al Buho salvo yo.
- Había muchísimo entre los dos- dijo Lechuza, que trataba de mantenerse lo mejor que podía, pero era casi un mar de lágrimas a punto de salir- El decidió quedarse allí para ver si podía solucionar algo, pero yo no podía hacerlo.
Lobo se levantó para poder abrazar a Lechuza, que ya había estallado. Se concentró en sus propios pensamientos tratando de adivinar que podía haber ocurrido y así no pedir explicaciones que pudieran dañarla aún más. Y mientras estaba abrazado, intentó aquel truco que le enseñó Ciervo. "Recuerda, Lobo, la empatía es el truco para poder percibir los recuerdos. Ponte en la mente del otro, y al ser más poderoso y estar dotado del don que posees, podrás llegar más allá". Le llevó dos segundos, y tras ello, consiguió encontrar sensaciones. Primero su mente pasó a un intenso rojo, que aumentaba por momentos, seguido de las mas conmovedoras sensaciones. El rojo se fué oscureciendo, dando paso a un momentáneo pero insufrible dolor físico, que se transformó en un morado lleno de angustia. No pudo ver nada. Aún no dominaba lo suficiente la técnica. Pero cuando dejó de concentrarse, besó la cabeza de Lechuza en señal de afecto. Pero el dolor era ya irreversible.
- Te prometo que no sufrirá- le dijo al oido.
- Gracias- dijo susurrando, dejando de llorar más por la ausencia de lágrimas que por la falta de ganas.
De un sorbo, Lobo apuró su chocolate y pagó con varias monedas de plata, dejando de sobra propina que superaba el valor de lo consumido. La mujer agradeció el gesto y le invito a que viniese cuantas veces quisiera. Al salir de allí ya era de noche, y ahora que no había grandes fuentes de luz en el mundo, se podían divisar las estrellas. Lobo pensó en un segundo en la situación. No iba por tan mal camino si Lechuza, que parecía haber vivido con muchísima intensidad tales experiencias con Buho, estaba aquí. Detras de la ciudad solo había una ruta posible, pero con muchas posibilidades de perderse. Más le valía poder aprovisionarse, o eso creía él, ya que hacer sospechar a los demás de su auténtica naturaleza podía suponer un problema de hospitalidad en muchísimos lugares del mundo.
- Te quedarás esta noche, ¿verdad?- escuchó la voz de Lechuza a sus espaldas- Descansar podría venirte bien.
- No quisiera abusar de tu generosidad- dijo Lobo volviéndose- Pero te admito que descansar una noche me vendría de lujo.
- Vamos, mi casa queda por aquí- dijo poniendose en camino por entre las anchas calles llenas de chatarra. Se detuvo delante de una puerta de madera, y sacando un manojo de llaves abrió la puerta.
Lobo quedó maravillado por cuantas cosas vió allí. Había multitud de ídolos de culturas perdidas. Pudo ver esculturas de los dioses, fetiches hechos con cabezas de pájaros, cuentas de colores bendecidas, y un sin fin de amuletos repatidos por la casa. No hacía distinción de creencias. Lechuza era creyente en los dioses. En todos los dioses. Lobo tenía sus dioses principales, y a pesar de respetar a todos, no les rendía culto. Pero sabía apreciar el valor de todo aquello. Esa casa, que pertenecía a una gran elegida, era sin dudas todo un templo en su interior. Iluminada por velas, el místico aspecto de la morada de la Lechuza habría invitado a entrar al que quisiera un momento de paz.
- ¿Cómo has podido reunir tantas reliquias?- dijo Lobo mirando a todos lados.
- La gente me las regala- dijo Lechuza con un tono un poco mas alegre- Creen que soy una niña, así que me comporto como tal, y ellos me dan lo que les pido. No he tomado nada por la fuerza. La gente que viene a comerciar es bastante agradable en Nuevo Lenningrado.
- Vaya, pues los salteadores no lo son tanto, créeme. Tuve que matar a muchos antes de llegar a esta parte del mundo.
- Pero no suelen cruzar demasiado por esta parte. Demasiado viento. Suelen perderse por el camino. Bueno- dijo mientras se dirigía a una habitación- Tu cama está aquí. Es la cama de invitados.
La habitación entera olía a inciensos aromáticos para despejar la mente, y las paredes de esa habitación, que alguna vez fueron por completo de hormigón, ahora estaban en parte recubiertas de chapa. Todo ello pintado de azul celeste, con la intención de dotar el lugar del máximo confort espiritual. Un gran atrapasueños estaba encima de la zona donde la almohada, que era de buena calidad, reposaba.
- Gracias, de verdad. Creo que por fin podré descansar. Eso si en mi sueño no hay visiones.
- Es muy dificil que tengas visiones que no sean directamente de procedencia divina. No vas a tener pesadillas esta noche. Es una de mis especialidades.- dijo Lechuza con cierto atisbo de dulzura.
- Siempre fuiste muy callada. Pero no dudo de que también eres de las mas sabias que han pasado por el bosque.
- Bueno. Eso yo creo que puede ser relativo. Pero me lo tomaré como un cumplido.
- Por cierto- le dijo Lobo antes de que se fuera Lechuza a dormir- ¿Es esta tu auténtica forma? ¿Realmente siempre fuiste una niña?
- No- dijo mientras crecía en altura y su voz se volvía mas grave, mostrándose como toda una mujer.- Es solo que estoy rindiendo homenaje. Se que hace muchísimo que no nos ves a la mayoría, y tus recuerdos están afectados por la edad, pero desde que nos fuimos, Buho y yo hemos pasado por muchas experiencias.- Se detuvo y se giró para mirar a Lobo- Una madre siempre recordará a sus hijos.
Esa era la sensación que Lobo tuvo antes, y que al recrearla tanto dolor generó. Lobo quiso disculparse, pero un suave gesto de la mano de Lechuza le hizo ver que no tenía que hacerlo.
- Tranquilo, Lobo- le dijo sonriendo- descansa y que los dioses te lleven por justo sendero. Yo no puedo dormir. Pero puedo velar porque tu sueño sea placentero.
- Gracias, Lechuza. Siento si mi venida te ha producido este dolor. Yo también lo siento dentro de mí.- dijo Lobo antes de envolverse entre las sábanas.
A pesar de todo el dolor, Lechuza no olvidaba que Lobo era uno de los mejores amigos de Buho. Estaba en buenas manos.
Caminó entre las dunas y las afiladas rocas del desierto hasta que divisó varios postes que en su día eran telefónicos, lo que le señalaba que ahí, en algún lugar que no conocía aún, había una ciudad. Justo lo que necesitaba, realmente. Estaba ligeramente perdido, y llamar la atención no le interesaba en absoluto. Así que apretó el paso y pensó en qué bebida tomaría al llegar. Se estaba decantando por chocolate caliente. Hacía varias estaciones que no probaba una buena taza, y quizá en esa ciudad hubiera suerte.
Debo decir que el concepto de ciudad no debe del todo parecerse al nuestro, aunque posiblemente esté relacionado. Para que nos hagamos una idea, una ciudad de allí era un pequeño reducto de población que aún había sobrevivido, estaría amurallada para evitar los saqueos, y el estado de conservación de su tecnología podría denominarse como... precario. Apenas había quedado algo de tecnología en buen estado después del gran resplandor. Por supuesto, y si hemos deducido bien, se trata de una explosión nuclear, o al menos eso es lo que se acabó creyendo. Hay otras hipótesis y teorías mucho mas descabelladas, pero apenas se pronuncian, ya que el origen de una catástrofe suele dar igual. Lo importante con mucho, es que la catástrofe se ha dado. Los nuevo pobladores luchan contra muchos tipos de peligro. No solo están los saqueadores, que como es natural roban los recursos de otros, sino también peligrosas sectas tecnománticas que tratan de recuperar la tecnología perdida en su propio beneficio. Porque a pesar del deterioro, ya antes del resplandor surgieron grandiosos avances en la biomecánica, y el procesamiento de órdenes a diversos aparatos que sustituían miembros del cuerpo no es ningún secreto. Y sin embargo, ahora mismo la mayoría de los que usan tecnología sustitutiva, se han visto consumidos por ella.
En efecto, al llegar a lo que parecía una puerta, pues estaba formada por varias chapas conglomeradas con soplete, había vigilancia. En señal de paz, el caminante levantó las manos para que se acercaran a registrar sus pertenencias. Se acercó un hombre ya mayor con un rifle automático y otro mas joven y con mirada un poco menos atenta, que procedió a cachearle. Llevaban ambos abrigos modelo tres cuartos y gorros de invierno posiblemente sacados de los restos de alguna instalación militar. Los rifles eran bastante antiguos y de fabricación rusa.
- ¿Motivo de la visita?- dijo el mas viejo, que le miraba firme a pesar de no estar alarmado.
- Vengo de paso.- respondió el caminante, que sorprendió a ambos guardias con la claridad de su acento- Necesito aprovisionarme y descansar para el largo viaje que me espera.
- Hablas muy bien nuestro idioma, pero juraría que eres extranjero- dijo el viejo, sorpendido.
- Y la verdad es que lo soy. Pero he estudiado bastante el idioma. Aún tengo que adentrarme mucho más en el desierto, y el camino que tengo aún es bastante largo, o eso creo.
- ¿O eso crées? ¿Cuál es tu destino?
- La antigua fábrica de acero de Vernik.
El viejo no sabía ni de qué estaba hablando. El nombre ni siquiera le sonaba, pero el caminante hablaba con una seguridad tal, que no le quedaron dudas y decidió creerle. Cuando el joven paró de registrarle, solo encontró discos de plata en una bolsa. Se sorprendieron ambos. Los discos de plata eran la unidad monetaria de este nuevo mundo, y el caminante tenía una bolsa llena a rebosar de estas monedas. Podía comprar lo que quisiera de allí. Podía incluso comprar el pueblo.
- Nunca he visto tanta plata junta- dijo el mas joven de los guardias- Debo estar soñando.
- No, no sueñas- dijo caminante entre risas y recuperando la bolsa- La conseguí defendiéndome de unos simpáticos asaltantes.
- Debieron de ser cientos. ¡Cientos y peligrosos! ¿Cómo te defendiste?
- Antes tenía Claymores. Muchas. Ya sabes, patatas calientes. Solo tenían que acercarse. En el lugar del que procedo hay muchas- dijo mintiendo. Pero dejaron de hacerle preguntas que pudieran incomodarles. Estaba claro que quería gastar dinero, y eso a la ciudad le venía muy bien.- Por cierto ¿dónde estoy?
- Nuevo Lenningrado- dijo el viejo abriendo la puerta- Un refugio contra las arenas.
Al abrir, el caminante vió una ciudad de chatarra, con un gran pozo en el medio y muchos tuberías que recorren la ciudad. Parecía que hubiera agua limpia para toda la ciudad, a pesar de ser casi un pequeño reducto. Y en sus pequeñas calles había muy poca gente. Dos o tres personas que realmente ni se inmutaron ante la presencia del caminante. Y de los pocos edificios que quedaban en pie, la cafetería era el que más destacaba. Y aún así, al entrar, el caminante la vio casi vacía. Era un edificio pequeño e independiente que aún conservaba todos sus cristales y que tenía un luminoso que de vez en cuando podía encenderse. Tenía algun taburete en el que poder sentarte junto a la barra y también alguna que otra mesa con sillas. La única presencia allí era una chica morena, de cabellos plateados, que tenía una taza entre las manos y que iba cubierta por un gran manto gris bastante desgastado, sentada en una de las mesas del local. El caminante se acercó a la barra y allí pudo ver a una anciana de cabellos grises a la cual le costaba mucho siquiera ponerse en pie.
- Buenas noches- saludó alegre el caminante
- Buenas noches, joven- le devolvió el saludo la anciana- ¿qué va a tomar?
- Pues la verdad es que quisiera un chocolate caliente, a ser posible- pidió timidamente.
- Si, aún me queda. Sientese, joven. La chica creo que le conoce, ha dicho que pasaría un chico pidiendo chocolate caliente- añadió la anciana mientras entraba dentro a por una taza. Cuando la chica echó la cabeza hacia atrás, el caminante pudo reconocerla.
- Lechuza- dijo sentándose frente a ella en voz baja- Que sorpresa.
- La sorpresa es mía, Lobo- respondió la chica dando un sorbo a su taza.- Pero... no se si podemos calificarla de agradable.
Lechuza era una chica de piel morena y cabello blanco como la nieve. Sus ojos, verdes aceituna, reflejaban en su mirada el dolor que sabía cercano. Sus labios, morados por naturaleza, quería seguir sonriendo.
- Sabes entonces que estoy buscando al Buho- dijo con tono mas serio.
- Si.- dijo a punto de llorar- Tendrás piedad al menos, ¿verdad? ¿Puedo pedirte piedad?
- No lo hago por gusto, de verdad.
- Conozco tu misión, Lobo. No es que lo hagas por placer, pero lo haces. La comadreja, el sapo, el jabalí...
- El jabalí tenía que ser destruido, Lechuza. No estabas allí cuando casi nos destuyó a todos.
- Te guste o no, eres nuestro verdugo, Lobo. No te echo la culpa, pero es tu papel. Cuando nuestro papel falle, el tuyo será el importante. Y tu mano debe ser firme.
El chocolate llegó, y el trago fue largo y esperado. Pero le quedó cierto sabor amargo que no era por otra cosa que no fuera la verdad de las palabras de la lechuza.
- En el fondo es de agradecer que sea yo el que haga esto. No se que hubiera pasado si fuera otro- dijo Lobo mirando su taza.
- Nadie más podía hacerlo. Tenías que hacerlo tu. Lo de Cuervo fué una terrible tragedia.
Dejó de beber Lobo súbitamente y trató de no pensar en ese nombre. La tragedia del Cuervo era algo que seguía atormentándole desde hacía ya muchos años. Recordarlo era algo amargo, pero Lechuza tenía razón, era el incidente que cambió el papel de Lobo. No solo vió lo que la corrupción podía hacer para con uno de ellos, sino que además tal revelación mataba. Las consecuencias eran horrorosas y la muerte de Cuervo era precisamente el impulso que le hizo dar el salto a convertirse en el brazo ejecutor. Otros, como Ciervo, como Oso, como Araña, eran sabios que no tenían que salir de su refugio para desempeñar su labor. Pero Lobo tenía una pesada carga en sus hombros que debía llevar. La amargura de la revelación inicial, cuando tuvo tal conocimiento al alcance, dió paso a la rabia tras la pérdida de Cuervo.
- Aún lo recuerdo- dijo levantando la vista- Es algo que me acompañará siempre.
- Está muy enfermo, Lobo.- dijo Lechuza, esta vez dejando que dos amargas lágrimas cayeran de sus ojos- Se muere. El Buho se muere.
- ¿Cómo sabes eso?- dijo Lobo sorprendido, pues esa información era confidencial- Nadie sabía que le pasaba algo al Buho salvo yo.
- Había muchísimo entre los dos- dijo Lechuza, que trataba de mantenerse lo mejor que podía, pero era casi un mar de lágrimas a punto de salir- El decidió quedarse allí para ver si podía solucionar algo, pero yo no podía hacerlo.
Lobo se levantó para poder abrazar a Lechuza, que ya había estallado. Se concentró en sus propios pensamientos tratando de adivinar que podía haber ocurrido y así no pedir explicaciones que pudieran dañarla aún más. Y mientras estaba abrazado, intentó aquel truco que le enseñó Ciervo. "Recuerda, Lobo, la empatía es el truco para poder percibir los recuerdos. Ponte en la mente del otro, y al ser más poderoso y estar dotado del don que posees, podrás llegar más allá". Le llevó dos segundos, y tras ello, consiguió encontrar sensaciones. Primero su mente pasó a un intenso rojo, que aumentaba por momentos, seguido de las mas conmovedoras sensaciones. El rojo se fué oscureciendo, dando paso a un momentáneo pero insufrible dolor físico, que se transformó en un morado lleno de angustia. No pudo ver nada. Aún no dominaba lo suficiente la técnica. Pero cuando dejó de concentrarse, besó la cabeza de Lechuza en señal de afecto. Pero el dolor era ya irreversible.
- Te prometo que no sufrirá- le dijo al oido.
- Gracias- dijo susurrando, dejando de llorar más por la ausencia de lágrimas que por la falta de ganas.
De un sorbo, Lobo apuró su chocolate y pagó con varias monedas de plata, dejando de sobra propina que superaba el valor de lo consumido. La mujer agradeció el gesto y le invito a que viniese cuantas veces quisiera. Al salir de allí ya era de noche, y ahora que no había grandes fuentes de luz en el mundo, se podían divisar las estrellas. Lobo pensó en un segundo en la situación. No iba por tan mal camino si Lechuza, que parecía haber vivido con muchísima intensidad tales experiencias con Buho, estaba aquí. Detras de la ciudad solo había una ruta posible, pero con muchas posibilidades de perderse. Más le valía poder aprovisionarse, o eso creía él, ya que hacer sospechar a los demás de su auténtica naturaleza podía suponer un problema de hospitalidad en muchísimos lugares del mundo.
- Te quedarás esta noche, ¿verdad?- escuchó la voz de Lechuza a sus espaldas- Descansar podría venirte bien.
- No quisiera abusar de tu generosidad- dijo Lobo volviéndose- Pero te admito que descansar una noche me vendría de lujo.
- Vamos, mi casa queda por aquí- dijo poniendose en camino por entre las anchas calles llenas de chatarra. Se detuvo delante de una puerta de madera, y sacando un manojo de llaves abrió la puerta.
Lobo quedó maravillado por cuantas cosas vió allí. Había multitud de ídolos de culturas perdidas. Pudo ver esculturas de los dioses, fetiches hechos con cabezas de pájaros, cuentas de colores bendecidas, y un sin fin de amuletos repatidos por la casa. No hacía distinción de creencias. Lechuza era creyente en los dioses. En todos los dioses. Lobo tenía sus dioses principales, y a pesar de respetar a todos, no les rendía culto. Pero sabía apreciar el valor de todo aquello. Esa casa, que pertenecía a una gran elegida, era sin dudas todo un templo en su interior. Iluminada por velas, el místico aspecto de la morada de la Lechuza habría invitado a entrar al que quisiera un momento de paz.
- ¿Cómo has podido reunir tantas reliquias?- dijo Lobo mirando a todos lados.
- La gente me las regala- dijo Lechuza con un tono un poco mas alegre- Creen que soy una niña, así que me comporto como tal, y ellos me dan lo que les pido. No he tomado nada por la fuerza. La gente que viene a comerciar es bastante agradable en Nuevo Lenningrado.
- Vaya, pues los salteadores no lo son tanto, créeme. Tuve que matar a muchos antes de llegar a esta parte del mundo.
- Pero no suelen cruzar demasiado por esta parte. Demasiado viento. Suelen perderse por el camino. Bueno- dijo mientras se dirigía a una habitación- Tu cama está aquí. Es la cama de invitados.
La habitación entera olía a inciensos aromáticos para despejar la mente, y las paredes de esa habitación, que alguna vez fueron por completo de hormigón, ahora estaban en parte recubiertas de chapa. Todo ello pintado de azul celeste, con la intención de dotar el lugar del máximo confort espiritual. Un gran atrapasueños estaba encima de la zona donde la almohada, que era de buena calidad, reposaba.
- Gracias, de verdad. Creo que por fin podré descansar. Eso si en mi sueño no hay visiones.
- Es muy dificil que tengas visiones que no sean directamente de procedencia divina. No vas a tener pesadillas esta noche. Es una de mis especialidades.- dijo Lechuza con cierto atisbo de dulzura.
- Siempre fuiste muy callada. Pero no dudo de que también eres de las mas sabias que han pasado por el bosque.
- Bueno. Eso yo creo que puede ser relativo. Pero me lo tomaré como un cumplido.
- Por cierto- le dijo Lobo antes de que se fuera Lechuza a dormir- ¿Es esta tu auténtica forma? ¿Realmente siempre fuiste una niña?
- No- dijo mientras crecía en altura y su voz se volvía mas grave, mostrándose como toda una mujer.- Es solo que estoy rindiendo homenaje. Se que hace muchísimo que no nos ves a la mayoría, y tus recuerdos están afectados por la edad, pero desde que nos fuimos, Buho y yo hemos pasado por muchas experiencias.- Se detuvo y se giró para mirar a Lobo- Una madre siempre recordará a sus hijos.
Esa era la sensación que Lobo tuvo antes, y que al recrearla tanto dolor generó. Lobo quiso disculparse, pero un suave gesto de la mano de Lechuza le hizo ver que no tenía que hacerlo.
- Tranquilo, Lobo- le dijo sonriendo- descansa y que los dioses te lleven por justo sendero. Yo no puedo dormir. Pero puedo velar porque tu sueño sea placentero.
- Gracias, Lechuza. Siento si mi venida te ha producido este dolor. Yo también lo siento dentro de mí.- dijo Lobo antes de envolverse entre las sábanas.
A pesar de todo el dolor, Lechuza no olvidaba que Lobo era uno de los mejores amigos de Buho. Estaba en buenas manos.
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