La estación estaba hasta arriba, como casi todos los días a las 17:30. Pero por alguna razón, por algún pálpito que se iba tornando en tenebrosa expectación, el cielo de Madrid se estaba enrareciendo tanto que daba miedo. No era la clase de miedo repentino tras ver algo que te es totalmente ajeno, ni el que produce el descubrimiento demencial de algo que no debería existir. Era ese miedo que se produce a fuego lento, tras observar lo que te rodea y estar seguro de que, a pesar de que se te ha negado tantas veces, algo va mal. Y no te lo puedes quitar de la cabeza porque estas viendo el aguijón del escorpión asomando. Inevitablemente, Sigurd llevaba meses viendo lo raro que era todo, y su felicidad se apagaba. Pero siempre había una chispa, una esperanza que le hacía aferrarse a todo lo bueno y que le impedía ver todo con claridad. Había cosas que se veían, la realidad mostrandose en todo su esplendor, pero seguía queriendo negar que su relación con Ana estaba en el filo de la navaja. Nada de lo que antaño hubiera sido un gesto agradable le resultaba ahora atractivo. Era en realidad un descenso anunciado, pero Sigurd solo hizo caso a las advertencias de forma inadvertida, sumergido como estaba en la espiral descendente que terminó por convertirse en el final de su relación. Porque en efecto, aquel día, en uno de los sitios mas emblemáticos que tenían, junto a la misma columna en la que pensaban quedar, como siempre, Ana iba a finalizar su relación con Sigurd.
Hacía muchos años que Sigurd no tenía este sueño. Solía ser un sueño muy doloroso, de esos que llegan profundo y te desgarran el alma. Pero como había pasado tanto tiempo, ahora lo veía con otros ojos. Muchas veces se había hecho la pregunta a lo largo de su vida ¿Mereció la pena el tiempo que pasaron juntos? La respuesta, o eso creía, estaba clara. Mereció la pena estar con ella mientras todo era bonito, porque luego Sigurd recordaba una espiral descendente sin parangón. Se acordaba sobre todo de una cosa, de la distancia que parecía hacerse mayor entre ambos. Atesoraba muchos momentos con ella, como cuando le invitaron al pueblo o cuando cenó con ellos cochinillo y luego conoció a la familia. Y sin embargo solo eran eso, el principio. Un principio bonito y que despertó en su cabeza un conocimiento real sobre lo que es disfrutar de la cercanía con alguien, si. Pero solo eso. Después el tiempo reveló el final. Aquél día en la estación fue solamente algo inevitable, algo que se llevaba gestando durante demasiado tiempo, y que salió, como no podía ser de otra forma, mal.
Se despertó sosegado, pero notó el calor de algo que le estaba cubriendo y se extrañó antes de incorporarse, solo para ver que el abrigo con el que había cubierto a patricia ahora estaba sobre él y que su camiseta estaba en su cabeza. Patricia ya estaba despierta y se dedicaba a hacer dibujos en la arena. Algunos eran los animales que conocía, y otros eran abstracciones muy extrañas, de las típicas que dibuja un niño. También había un dibujo muy rudimentario de una figura con un abrigo que recordaba, con bastante imaginación, al propio Sigurd. Este sonrió y se puso sus prendas antes de levantarse a por Patricia.
- ¿Llevas mucho despierta?- le preguntó. Ella hizo un gesto con la cabeza, afirmando.- Has hecho muchos dibujos.
- Si.- dijo señalandolos- Ese es Lobo. ¿Gusta?
- Si, es muy bonito- le respondió con una sonrisa- ¿Vamos a desayunar?
- Desayunar, si- le dijo mientras borraba los dibujos en la arena con los pies.
A la distancia, Sigurd pudo ver lo que parecía una vieja estación de servicio abandonada, azotada por los vientos arenosos del erial desértico en el que se encontraban. Se preguntó si quizá hubiera algún tipo de suministro que, por casualidad del tiempo, hubiera podido conservarse. Pero incluso aunque no fuera así, decidió acercarse a ver. Lo cierto era que en ese momento no había huellas en la arena ni nada por el estilo, ni tampoco se captaba ningún aroma en el aire, así que quizá pudiera estar desierta. La gasolinera, en efecto, lo estaba. No debía de haber quedado combustible, porque tampoco se olía nada parecido a la gasolina. Al entrar en la parte de la tienda, prácticamente se la encontró vacía. Quedaba alguna revista en muy mal estado de conservación y algunos envases cuyo líquido seguramente se hubiera estropeado desde hace muchos años. No había, como era lógico, nada comestible, y no había luz tampoco. Se acercó a los cuartos de baño para ver si corría agua al menos. Y en efecto así era, pero el desagradable olor que se desprendía de las cañerías le hizo pensar en lo peligroso que podría ser beber agua de tales grifos.
Quizá por el olor, o quizá por estar demasiado distraído, aquellos pasos le pillaron por sorpresa. Unos pasos firmes se escucharon en el interior. Estaban espaciados en el tiempo por unos cuantos segundos, seguramente porque se estaba girando mientras apuntaba, con la intención de detectar a alguien. No se equivocaba, había alguien y era él. ¿Qué hacer? Podía abrir súbitamente la puerta, freirla y se acabó, un problema menos resuelto de forma rápida y sin inmutarse. Pero no era esa una opción que alguna vez hubiera barajado, y esta vez tampoco debía ser distinta. No quería matar si no era estrictamente necesario hacerlo. Quizá un golpe, simplemente algo con lo que noquear a esa persona, pero parecía bastante preparada para un ataque. Por otra parte, si quisiera disparar a la primera de cambio, es posible que ya lo hubiera hecho, o que hubiera entrado de manera mas agresiva. Por el momento solo estaba observando, seguramente apostada en algún lugar. Suspiró para sus adentros. Parecía que lo único que podía hacer en ese momento era abrir la puerta muy despacio. Con suavidad, agarró el pomo y lo movió, tratando de mantener la calma. Le costó un poco, ya que no tenía nada pensado que pudiera ayudarle sin tener que usar la violencia, y no quería. Abrió por fin la puerta, despacio, y cuando la puerta reveló por fin su figura, levantó las manos. En efecto había una persona, una mujer. Tenía una gorra de campaña con la que seguramente se protegía del sol y ropas de camuflaje en el desierto. Parecía haber recibido el inclemente viento del desierto durante bastante tiempo, pues estaba recubierta por una capa de arena que hacía difícil distinguir en medio de la penumbra su aspecto. Pero su pelo sin duda estaba enmarañado y recogido en una coleta. Sostenía en sus manos una escopeta que dio a Sigurd muy mala espina. No le quitaba ojo de encima. "Odin que todo lo conoces, hazme comprender la lengua de esta mujer", pensó cerrando los ojos un par de segundos. Un breve momento de calma envolvió todas las fibras de su cuerpo antes de abrir los ojos de nuevo en lo que casi fue un parpadeo. La mujer no le quitaba ojo de encima, apuntándole impertérrita. Le estaba examinando, muy despacio, para comprender a lo que se enfrentaba.
- ¿Quién eres y qué haces aquí?- dijo la mujer sin mover un solo músculo de su cuerpo. La plegaria había surtido su efecto, y Sigurd comprendió su idioma a la perfección.
- Soy Lobo, y estoy regresando a casa- respondió Sigurd, tratando de mantener la calma, pero empezaba a agobiarse.- Busco algo para comer.- la mujer parecía que iba a echarse a reír de un momento a otro al oír eso.
- Aquí no hay nada que puedas comer- le respondió- Y el pueblo mas cercano está a un par de días a pie. No había huellas fuera, aparte de las tuyas, de lo que deduzco que no vas en vehículo ni en nada que se parezca.
- No, ciertamente no. Y el viaje a casa aún es muy largo.
- Puede que el viaje acabe aquí si no me das un motivo para dejarte con vida
- No tengo un motivo para que me dejes vivir. Pero no veo motivos para que tengas que atacarme.
- Yo creo que si los tengo. Para que no me mates es uno de ellos, desde luego.
- ¿Por qué crees que yo te querría matar? Solo soy un extranjero en busca de comida.
- Conozco a mucha gente que consideraría a eso motivo de sobra. Y mas aún con ese acento tan raro que tienes.
- Venga, si me quisieras muerto ya me habrías disparado. Además ya ves que no llevo ningún arma encima- dijo Sigurd ya algo nervioso. Estaba empezando a barajar opciones para deshacerse de ella antes de que apretase el gatillo. Eso podría ser fatal. Se le daban muy bien los combates en los que ya tenía algo pensado qué hacer o contra otros hechiceros, pero no sabía parar balas sin tener pensado antes con qué hacerlo.
- ¿Lobo?- dijo una voz dulce desde la entrada de la tienda.- ¿Quien es ella?
- No es nadie, Patricia, una amable mujer que estaba hablando conmigo.- dijo Sigurd ciertamente asombrado. Porque Patricia, quien ahora estaba junto a ellos, había hablado en el idioma de la mujer que le estaba apuntando con un arma.
- ¿Quien es ella?- dijo la mujer empezando a perder la calma
- Es mi hija, cálmate
- No me has dicho que venías con ella
- Ni pensaba hacerlo, no has parado de hacerme preguntas sobre quien soy o que quiero, y me has amenazado de muerte por ningún motivo, y como toques a mi hija voy a tragarme todo el respeto que tengo y vas a desear no haberme apuntado con una escopeta- dijo Sigurd en un arranque de ira. No lo tenía planeado. No sabía siquiera como las palabras habían volado de su boca al aire, pero las sentía.
- Lobo, no la hagas daño- dijo Patricia tímidamente- Es buena. Es buena como Lobo.
La mujer bajó el arma. Patricia estaba sonriendo tímidamente al principio pero luego sonrió mas y fue a abrazarla. Estaba muy sorprendida. Pero si alguien estaba sorprendido era Lobo. Se había hecho muchas preguntas pero estaba claro que no podría hacerlas con la otra delante.
- ¿A dónde váis?- les preguntó ya con el arma bajada y una actitud mucho mas serena
- Al mar de sal.- respondió Sigurd.
- Eso está jodidamente lejos. Bien, seguidme. Algo podré daros para que esta pobre chica no se muera de hambre.
Patricia abrazó a Sigurd riendo feliz en señal de triunfo. Sigurd por una vez sintió que una persona importante para él estaba a salvo, y eso que habían solo sido unos pocos segundos. La dio un beso en la cabeza mientras también la abrazaba y siguió a la mujer, que parecía dirigirse a uno de los depósitos de combustible de la gasolinera en el suelo. La entrada tenía una escalera, y la falta de iluminación al principio impedía distinguir el fondo. Sin embargo, al bajar por la escalera si que se podía ver gracias a un sistema de alumbrado que parecía recorrer las galerías, excavadas en la tierra y encaladas para evitar que pudieran humedecerse o hundirse las paredes y el techo. Además, el interior era fresco y agradable en comparación con el clima inclemente del desierto. Tras unos cuantos metros de túneles, llegaron a una puerta de madera. La mujer abrió gracias a una llave que guardaba en su bolsillo. A Sigurd le vino un recuerdo de una despensa con una puerta parecida, un momento en el tiempo muy lejano, de cuando su familia materna se reunía por Navidad y tenía que bajar a la bodega a coger las botellas de cava, que se habían enfriado mejor ahí. El frescor del interior de la estancia también le trasladó a las sensaciones vividas en las cuevas del Bosque. Los aromas se confundían, porque por una parte podía oler humedad pero bien sabía que no provenía de las paredes. Debía de tener algún tipo de tierra húmeda para otros usos, quizá la labranza fuera uno de esos usos. Y también había un aroma a viejo, a usado, a lugar polvoriento, evocador, como si se tratara de una ruina sagrada o de un antiguo templo o capilla. La habitación que siguió al umbral de esa puerta era bastante parecido a un salón, con un amplio sofá tapizado en cuero pero con montones de grietas y rajas en su superficie. Tenía un televisor, pero Sigurd tenía la certeza, sin siquiera haberlo intentado poner en marcha, de que no conseguiría ningún canal, por lo que dedujo que sus habitantes intentaron, al menos, conservar algún recuerdo de una época remota. Había también alguna alfombra, una mesa baja de madera barnizada y unos estantes de metal junto a las paredes con algún libro y con detalles decorativos. Su mirada entonces se posó sobre un tablero de parchís que descansaba sobre sus cubiletes.
- ¿Cómo te llamas?- le preguntó Sigurd
- Berna- respondió la mujer- Pero no se por qué me preguntas, en realidad os voy a dar un par de cosas y os marcharéis de aquí.
- Ya por no perder la costumbre respondió Sigurd sin apartar la mirada del tablero.
- ¿Qué pasa?- le dijo observándole- ¿Lo quieres? Te lo puedes quedar, hace años que nadie lo usa. Ni siquiera sabemos para qué sirve.
- Cuando era pequeño jugaba a esto.
- Ah, que es un juego. Pues mira tu, yo ni sabía que servía para algo. Llévatelo si quieres, a lo mejor os hace pasar un buen rato de camino al mar de sal.
- Creo que lo aceptaré, muchas gracias- dijo Sigurd pensando en enseñarle a Patricia a jugar y echarse unas partidas para entretenerla con otra cosa que no fueran cuentos y dibujos.
- Vente, pequeña, te daré una mochila con cosas que podéis comer.
Mientras Patricia y Berna se entretenían preparando algo que pudieran llevarse, Sigurd se sentó y se puso a pensar en el lugar en el que estaba. No quería tener demasiada relación con Berna porque vete a saber si la volvería a ver. Así que en efecto, cogerían la comida, el tablero de parchís y se marcharían. Pero daba la impresión de que Berna no vivía sola, sino que, quizá tiempo atrás, había estado viviendo con alguien. Si tenía comida que pudiera compartir y vivía en medio del desierto, quizá tuviera huertos subterraneos, o puede que incluso, y esto no era descabellado del todo, algún tipo de granja. No exploró, demasiada buena fortuna habían tenido que Berna no le había metido un cartucho entre las cejas. Tardaron un buen rato, pero cuando regresaron Sigurd seguía en la misma posición en la que le dejaron, como si para él en realidad hubieran pasado solo unos segundos.
- Bueno, la niña ya tiene las cosas. Coge la tabla y los barriletes y hasta... yo que sé, imagino que no os veré ninguna otra vez- dijo Berna intentando no parecer demasiado fría.
- Muchas gracias. No se si podremos llegar nunca a agradecértelo- dijo Sigurd agradecido.
- No me lo agradezcáis y cuida de la chica- dijo antes de cerrar la puerta- Te has evitado un conflicto solo porque ella estaba ahí, yo no tenía intención de evitar el conflicto.
Sigurd sonrió, un poco por mantener las formas y también para evitar otro mientras pensaba. Porque si bien era cierto que podía haberse llevado un tiro en la cara, también era muy posible que antes de eso ella hubiera "disfrutado" de sensaciones que no sabía que conocía y que no eran agradables.
Tras salir y alejarse un poco, al abrigo de una cavidad entre las rocas, Patricia y Sigurd abrieron la mochila para ver que era lo que contenía. Sigurd alucinó. Bocadillos, frutas, todos esos alimentos que en la superficie eran difíciles de encontrar ahora estaban ahí, ante sus ojos. No fue por glotonería, sino por añoranza, por lo que Sigurd cogió uno de los bocadillos y comió con Patricia. Su incredulidad no tenía fin. Debió de no estar atento o quizá demasiado absorto estaba en recuerdos y pensamientos, porque lo que estaba degustando era panceta que había sido hecha hace poco, con un poco de queso recubriéndola. Ese olor canta, y ni se dio cuenta. Se le deslizó una lágrima. Patricia también estaba disfrutando de estos nuevos manjares.
- ¿Qué es?- dijo enseñándole el bocata
- Es un bocadillo. Los bocadillos son pan, que es lo de fuera, relleno de cosas, como queso o embutidos. El queso es esta cosa amarilla y los embutidos son carne de cerdito. En este caso es panceta.
- Este cerdito no hizo casa- señaló Patricia.
- No, este no hizo casa. Este nos va a alimentar.
- Sabe bien. A Patricia gusta cerdito.
- Después del cerdito hay frutas. Mira, esta está muy rica- dijo Sigurd sacando un plátano.
El sabor del plátano dejó perpleja a Patricia, que no se esperaba como esa cosa alargada pudiera tener un sabor dulce. Era para ella una especie de barrita rara que había que morder y que sabía distinto a las arañas, ratas y demás alimañas del desierto.
Por la noche, Sigurd sacó el tablero de Parchís. Era muy parecido a los que tenían sus amigos, ya que él no era muy de parchís, le parecía un juego demasiado desfasado. Pero ahora mismo cualquier cosa era algo desfasado teniendo en cuenta que lo natural es que si hubiera niños, lo cual imaginaba Sigurd que era algo probable, no sabrían jugar con ello sino con otras cosas mas sencillas. Estaba demasiado desconectado para con el mundo, pero un vistazo a su alrededor y a los asentamientos que había visitado le daban para imaginarse un par de cosas al respecto.
- Bueno, Patricia, te voy a enseñar a jugar al Parchís.- dijo Sigurd mientras Patricia no quitaba el ojo al cubilete amarillo.- Mira, consiste en llegar con las cuatro fichas que tienes dentro del barril al final del juego. Tu quieres el amarillo, ¿verdad?
- Si- dijo Patricia sonriendo mientras seguía mirando al cubilete- Tu rojo. Lobo es rojo. Rojo enfadica.
- Oye, ¿cómo que enfadica?- dijo Sigurd a medio camino entre el asombro y el mosqueo- Yo no te he enseñado a decir esa palabra.- Patricia se reía cada vez mas a medida que Sigurd se daba cuenta de que en efecto, a ojos de cualquiera que le viera, era un poco enfadica- Bueno, vale, yo rojo. Vale, ahora verás que en el cubo también hay otra cosa. Es un dado. Los dados tienen números. ¿Ves? Tienen puntitos y esos puntitos son números, es como contar.
- Si.
- Empieza el que mas tenga. Mira, se tira así el dado- Sigurd agitó el cubilete con el dado dentro y lo volcó de forma que el dado rodó un poco. Salió un tres.- Ahora te toca a ti, tira el dado.- Patricia imitó como pudo el gesto que hizo Sigurd y miró atenta a la mesa a ver como rodaba el dado. Un seis.- Bien, pues empiezas tu
- Un seis- dijo Patricia riendose- ¿Ahora que?
- Tiras tu, porque empiezas, y tienes primero que sacar un cinco.- Dicho y hecho, el dado sacó un cinco a la primera- Venga, pues como ha salido un cinco, puedes sacar ficha. Ponla en la casilla de tu color, la que tiene tu color y un puntito.
- Hay mas puntos en otros sitios. ¿Por qué?
- Ay cierto, se me olvidaba. Porque si llegas a una ficha mia podrías comermela y entonces yo le tendría que llevar otra vez a la salida y tu podrías mover veinte casillas.
- No me comas las fichas- dijo Patricia preocupada- No sabemos donde hay mas
- Es un modo de decirlo Patricia. Lo que quiere decir es que la eliminas el camino y vuelve al principio. Cuando das una vuelta entera al tablero, puedes moverlas por la columna de tu color, y tienes que meter dentro las 4 fichas. Dentro de tu color yo no puedo hacer nada. Ni tu tampoco en el mio, claro.
Al octavo turno, Patricia ya tenía sus fichas fuera, y Sigurd no había podido sacar ni una. Pero en vez de preocuparse por eso, le interesaba ver si a Patricia le gustaba el juego. Llegado un punto, Sigurd no tuvo que recordar ninguna norma, Patricia podía perfectamente manejar la situación. Así, en el calor de la partida, Sigurd cambió de conversación.
- Oye Patricia- preguntó mientras movía una de sus fichas tratando de huir de las que venían a por ella- ¿Por qué sabías que Berna era buena persona?
- Me lo dijo mamá- Sigurd se preocupó al oir esas palabras. Lo había olvidado completamente, Patricia tenía una madre, una que además conocía de hace muchos años, y se le había ido de la cabeza.- Mama viene a verme en sueños.
- ¿Te viene a ver en sueños? ¿Qué te dice?
- Me dice cosas y me enseña palabras- dijo Patricia sonriendo mientras miraba como un seis hacía que la ficha de Sigurd volviera a la casilla de salida. Veinte casillas hacia adelante por la cara.
- ¿Se te aparece la Lechuza en sueños?- Patricia negó con la cabeza muy rápido mientras ponía cara de preocupación- ¿Qué pasa?
- La Lechuza no es mi mamá- estas palabras preocuparon mucho a Sigurd, que empezaba a imaginar cosas que no quería- Mi mamá es buena. Las mamás son buenas con sus hijas. La Lechuza es mala.
- Pero...- Sigurd estaba sin habla- Pero si... Pero si hubiera jurado que... ¿Y quien es tu mamá entonces?
- No lo puedo decir- dijo Patricia un poco triste- Dice que no puedo decírselo a nadie.
- ¿Y sabes quien era tu papá?- dijo Sigurd sin saber si podría siquiera darla una respuesta ahora que su boca había hablado antes de tiempo.
- Si
- ¿Puedes decirlo? ¿Te deja mamá decir quien es?
- Es el Lobo.- Sigurd soltó una lágrima repentina y se atragantó por un momento. No se lo vio venir. Es cierto que la familia es algo que no se podía definir, o al menos eso era lo que tras tantísimo tiempo había visto, pero la maternidad y la paternidad era algo que no solía cuestionarse. Quizá por su origen, ya que nunca había tenido un conflicto tan potente con sus padres. Y lo cierto es que le estaba cogiendo demasiado cariño a Patricia, quien sabía que era hija carnal de su amigo, el Búho.
- Creo que eres como una hija para mí, Patricia- dijo mientras dejaba el tablero de parchís y se levantaba para darle un abrazo a Patricia, quien reaccionó igual. Un calor como no había sentido en años le recorrió de arriba a abajo calmando durante un momento la sensación de pesadez de los años y la tensión que llevaba acumulada por décadas.
- Papá- respondió a su oído con una suavidad y cariño.
El paisaje industrial oxidado que rodeaba a Ana sorprendía por dos cosas. La primera era la solidez. No se trataba de ruinas en medio de un páramo desértico, sino que eran edificios que a pesar de su estado habían resistido el paso del tiempo y permanecían impertérritos. La segunda era su actividad. A la distancia no se podía escuchar, pero de cerca se oía fácilmente el ruido de las máquinas, en perfecta armonía incesantemente. Maquinas de fábrica que aún operaban a pleno rendimiento, a toda potencia mientras los hornos seguían emitiendo calor. Un sonido al que estaba acostumbrada pero que a cualquiera podría impresionar, pues alteraba la quietud del viento bravío del desierto. Ana se movió tranquilamente hacia el corazón de la fábrica central de aquel complejo mientras observaba a su paso el tono terroso y anaranjado de metales oxidados. Hubiera jurado que parte de esas piezas que desfilaban por la pasarela tenía aspecto humanoide o que al menos parecían extremidades, pero solía no prestar atención a lo que otros de aquel entorno hacían. Cosas de tecnomantes, convenía no meterse. Tras pasar un complejo de puertas y de cadenas de industria, pudo por fin llegar hasta la puerta de metal que tenía en su interior a la persona que estaba buscando. En una sala llena de monitores, de teclados y de botones que no tenían, a vista de Ana, orden aparente, había un hombre con el pelo de punta hacia arriba, con una suave barba de pocos días y ojos con eyeliner que miraba hipnotizado un monitor. Lucía una cazadora de cuero de motorista y tenía una camiseta blanca en la que podía leerse "KMFDM". Completaba su conjunto unos pantalones vaqueros y unas botas camperas. Tenía las manos entrelazadas detrás de su cabeza y los pies sobre la mesa, meciéndose en la silla.
- Vaya. Mira quien viene- dijo animado el muchacho con una voz muy grave- La Mariposilla vuelve a la fábrica.
- No estoy de humor, Murciélago- le respondió tajantemente. Este se dió la vuelta bajando las piernas y girando la silla.
- Tu dirás entonces. Deduzco que no has venido solo a verme, y sabes que suelo estar ocupado.
- El Fénix ha muerto. ¿Lo sabes?
- Si, algo me ha dicho el maestro. Pobre chiquilla. No me ha dicho los detalles.
- El caso es que se quien lo hizo y traté de combatirle.
- ¿Y bién?- Preguntó mirándola con cara de ya saber la respuesta.
- Pues me humilló y ni siquiera le hizo falta atacarme. Le intenté sacar el alma y en vez de eso lo que me sucedió es que se volvió mas fuerte y dejó de afectarle. Deja de mirarme así, ¿vale? Parece que te hicieras el listo.
- Te podía la impaciencia, ¿verdad? Habías ido a por ese asesino movida por el odio y no te paraste a pensar en los consejos que se te dieron.- el murciélago había cerrado los ojos. La Mariposa notó como algo se metía en su cabeza y terribles picores le consumían en su cabeza.
- Para ahora mismo- dijo mientras una sensación de furia se arremolinaba en sus brazos con dirección a sus brazos.
- Vale, vale, vale, tranquila- respondió abriendo los ojos- solo quería saber si me ocultabas información. Y lo haces. Pero soy buena persona y me la callaré.
- No se ni por qué me molesto en venir a verte- dijo dando media vuelta y acelerando el paso
- Porque se a donde se dirige el Lobo y lo que necesitas para matarle- dijo en voz alta para que pudiera oirle antes de que cerrara la puerta. Y fue efectivo, la Mariposa se giró y le miró, aunque con algo de desgana- Pero necesito que te tranquilices y recuerdes que soy tu amigo.
- A veces no lo tengo tan claro.
- Venga, mujer, no seas así. ¿Te apetece algo? los tecnomantes me han traído nuevos suministros y las bebidas están ya frias, la nevera funciona.
- ¿Cerveza tienes?
- Tengo varias, coge la que mas te guste, pasada la puerta de mi izquierda.
El Cisne se estaba ya preocupando por el Ciervo. Llevaba nervioso un par de días. Nada parecía haber cambiado en el bosque, ni los animales estaban inquietos ni las plantas habían iniciado ningún cambio imprevisto. Pero Ciervo estaba visiblemente nervioso. El Oso también se lo notaba, por supuesto, pero no querían presionarle. Su nerviosismo iba en aumento desde hacía unos días y ahora se dedicaba a dar vueltas en círculo. Cuando por fin se decidieron a preguntarle, el Ciervo solo se limitó a decir "no le encuentro, no se donde está".
- ¿A quien crees que se refiere?- preguntó el Cisne
- No tengo ni idea. Pero quizá sea el Lobo. Llevo yo también unos días sin saber sobre él. Pero el caso es que se que está vivo. Lo hubiéramos notado, tenemos una conexión demasiado fuerte con este lugar.
- Si está vivo eso es lo que importa, ¿no? Un día vendrá, yo tengo claro que lo va a hacer.
- Si, si yo también, pero el hecho de que no podamos saber donde está... no es algo muy normal.
Patricia había ganado. Sigurd había remontado un poco al final, pero los dados le habían dado la ventaja a Patricia casi desde el principio. Llegó la hora de acostarse y Sigurd puso una runa en el suelo para que el fuego durase hasta la mañana siguiente, cuando retirase esta, le dió un besito en la frente a Patricia y la arropó con su abrigo. Y al tumbarse en la arena, con una satisfacción enorme, cayó como un tronco en un sueño profundo. Mientras dormía, su consciencia se elevó hacia otro plano. Y una vez mas una neblina se alzó en una tierra de sombras mientras observaba la figura, ahora sonriente, del Cuervo.
- Te has dormido muy rápido- dijo ella rompiendo el silencio.
- Ha sido un día muy bonito- le respondió- me he sentido muy valorado hoy. Me hacía falta algo parecido.
- Ojalá pudiera darte mas información sobre las cosas que se. Pero mientras tanto ojalá esto nos dure.
- ¿Nos? ¿Eres tu su mamá?- dijo lleno de emoción
- Si. La llevo visitando en sueños tratando de ayudarla a hablar mejor desde que la sacaste de aquel laboratorio- dijo sonriendo- Y bueno, no puede decirlo. No puede decir que yo soy su mamá porque en teoría yo no estoy aquí, ni estaré, ni puedo cumplir otro papel que no sea el que se me ha impuesto.
- ¿Y qué pasa con la Lechuza?- dijo preocupado esta vez- Se supone que ella es su madre biológica.
- Ella no quiere saber de ella, y estoy segura de que es por algo que aún desconocemos. Pero si ella no quiere... mira, no he sido madre nunca antes, pero es que no me atrevo a decirla lo contrario.
- No, ni yo, con decirte que incluso busco comidas para ella y quiero que se cuide y esté bien... no sabía yo esto de mi.
- Ríete si quieres pero yo sí lo sabía. Y todos los que de verdad te conocen lo saben. Todos. Eres demasiado buen padre y ya era hora de que ese amor paternal fuera a una persona que sea tu hija.
- Tengo que regresar al bosque. ¿Qué debería hacer si me encuentro con la Lechuza?
- Haz lo que creas pero que nos quite a nuestra hija. Esto ya es casi un favor personal. No quiero que la perdamos. De verdad la quiero como si lo fuera.
- No podría dejarla en las manos equivocadas. No ahora que me siento como me siento.
- Confío en ti. Y Sigurd... no les hables de mi de nuevo. No pueden saberlo
"Ay, amor mio. Cuanto sufro por saber todo nuestro destino. Y por saber el suyo y por saber el de las personas que no pasarán por nuestra vida ni por nuestro nuevo hogar. Cuanto se sufre por saber lo que se. Y da igual lo mucho que tratemos de evitarlo" Pensaba un delgado y desnutrido cuerpo en su cueva mientras el sonido de las gotas de las estalagmitas caía sobre el agua.
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