La luz no llegaba al fondo de la gran sala de piedra calcárea. Tras varios kilómetros de galería en los cuales la visión era dificultosa, y tras atravesar un lago subterráneo de una considerable profundidad, ahora ya por fin la oscuridad era total. El otro lado del lago era no solo un lugar oscuro, sino que tenía una presencia sentada en una roca, moldeada a la medida de la presencia muchos años ya. Si algo, siquiera la mas débil de las luces pudiera haber iluminado, se podría ver como una túnica de monje, robada sin duda a alguno de los cadáveres de los viejos monjes benedictinos en algún lugar próximo, era rellenada por una figura escuálida, huesuda, envejecida y casi reseca. Dedos largos y dantescos sobresalían de entre las mangas, con uñas cortas pero decrépitas. Su rostro, pálido como el de un cadáver, con venas casi necrosadas y oscuras, parecía no tener vida, con esos ojos amarillentos carentes de todo atisbo de visión, y esos cabellos largos y oxigenados. No se podía distinguir vigor alguno en esos labios, tanto era así que incluso intentar ver unos labios se mostraba tarea complicada. Y era peor aún darse cuenta del detalle mas macabro posible. Unos gigantesco colmillos inferiores sobresalían, poderosos y puntiagudos, sobre una dentadura llena de afilados dientes, monstruosos y letales. Le costaba respirar y tenía la cabeza baja, por no mencionar el agudo dolor que le embargaba. No tenía una noción real del tiempo, pero había comprendido que ya era algo irrelevante. Tras años tanto tiempo así, había conseguido comprender que la prisa era justamente su peor enemiga. Su sensibilidad mágica, sin embargo, había aumentado, y era consciente de cosas inesperadas. Por ejemplo, sabía quienes de entre sus seres queridos habían muerto, y cuándo había alguien que le importase. Justamente esas dos sensaciones se habían manifestado, cual dolor en su corazón, en su lado de la orilla del lago. Unos pasos en el suelo húmedo y rocoso se aproximaban, con elegancia, hacia él. Y es que ante él había una presencia femenina. Un largo vestido de terciopelo verde oscuro, con encorsetado morado en su pecho, y una caperuza negra, resaltaban a la tenue luz de una vela. Sus cabellos, castaños y rizados, llegaban hasta mas allá de sus hombros, cubriendo parte de su pecho. Sus ojos estaban cerrados y sus labios, de un suave color rosado, se abrieron tras unos instantes.
- Mi señor- dijo serena pero con aire de tristeza- Tengo una mala noticia que daros- La siniestra figura se estaba irguiendo a medida que oía las palabras, y ya por fin pudo ponerse lo suficientemente recta.
- Habla sin miedo- dijo con una voz cavernosa y ronca, pero llena de serenidad- Creo, aún así, que conozco las nuevas que me traes. Pero por favor, dímelas sin miedo.
- El Fénix... ha muerto- dijo esta vez visiblemente apesadumbrada- El Lobo la ha encontrado.
- Exacto. Me temía que fuera el Fénix.- Una lágrima se deslizó por el macabro rostro- Pobre niña.
- En realidad, maestro, no solo he venido a contaros las nuevas. Quería haceros una petición.
- ¿De que se trata, Mariposa? ¿Qué es lo que yo debo concederte que es tan importante para ti?
- Quiero ser yo quien mate al Lobo- sus puños se cerraron con férrea determinación mientras su tono de voz se alteraba.
- Mariposa, cariño, no puedo impedirte que lo hagas. Pero como tu señor y maestro tengo que advertirte, siempre, de lo que estas a punto de hacer por tu odio.
- Estoy decidida, oh poderoso. Estoy decidida a vengar a mi amiga.
- Escúchame, por favor- a pesar del peso de sus palabras, el tono sereno que las acompañaba era muy potente, y la Mariposa se silenció durante unos instantes- No es un simple hechicero. Los dioses le han encomendado una tarea muy pero que muy difícil. No por nada, en realidad. Enfrentarse a lo que no se conoce, como sabes, puede ser muy peligroso.
- No iré sin preparación. Se lo muy importante que somos para ti, y yo no quiero que sufras mas. Te traeré su cuerpo sin vida para que puedas beber de su sangre, mi señor, prometido- dijo con una sonrisa justo antes de marcharse.
Cuando por fin la Mariposa se marchó, de entre la oscuridad, una voz se dirigió a él
- Si de verdad la apreciabas creo que tenías que haberla impedido ir a buscarle- una voz dulce y musical flotó por los aires hasta llegar a los oídos del hombre
- ¿Qué otra cosa podía hacer, amor mío?- contestó con un tono de cansancio- No va a desistir. Quiere mi aprobación solamente para que yo no me sienta mal
- Es mas poderoso de lo que ella es.
- Pero no puedo evitar que vaya, como una polilla a las llamas. Te juro que todo lo que ha pasado me llena de dolor y no puedo hacer otra cosa que sufrir a cada segundo. Pero es la voluntad de los dioses, y yo me limito a seguir el camino que me otorgaron.
- ¿Qué harás cuando tengas de nuevo el vigor de antaño?- Durante unos instantes, el hombre estuvo callado, pensando su respuesta
- Tengo que poner punto y final a todo. No es lo que quiero, pero si lo que debo hacer. Tras eso, ascenderé. Y entonces, solo entonces, podremos estar juntos de nuevo.
No tardó mucho en darse cuenta Sigurd de que la cosa se le estaba complicando poco a poco. Cuando empezó a pensar, se dio cuenta de que ahora que tenía a alguien a su cargo, tendría que cuidar a ese alguien. Peor aún, resulta que ese alguien no tenía ni idea de hacer absolutamente nada, era lo mas parecido a un bebe. Antes de salir de la mina, buscó comida. Pero en ese sitio no había nada. Maldijo durante un par de segundos la situación, porque no le quedaba otra que intentar cazar a los bichos y roedores que parecían ser el único alimento en kilómetros a la redonda. Y cuando creía que no iba a ser lo único difícil, escuchó un ruido de caída, seguido de un llanto. Algo se le desgarró por dentro y se acercó para ayudarla al tiempo que la daba un abrazo y trataba de tranquilizarla con palabras suaves al oído. Lo que le incomodó era que la niña no era una niña, era una adolescente, y no podía mecerla en sus brazos porque tampoco es que fuera muy fuerte. No es que Patricia tuviera mucho peso, es que Sigurd no era precisamente musculoso. Así que para que se acostumbrara a andar, Sigurd cogió del brazo a Patricia y empezó a andar con ella. Al poco estaban andando juntos. Patricia se reía de felicidad a cada poco, porque le hacía muy feliz poder andar. Tras un par de horas estaba andando sola. No se sorprendía tanto del paraje en el que estaba porque en cierto modo ya lo había visto. Era otro de esos paisajes que aparecían en sus alucinaciones. Pero ahora, quizá conociendo la naturaleza de lo que había sucedido de una forma que no podía explicar, comprendía que ese paisaje no iba a desaparecer solo.
Pasaron los días. Sigurd le hacía señales cuando iba a buscar alimento para que se quedase quieta, y ella se sentaba a esperarle. Al cabo de un rato Sigurd volvía con algunos animales, que por lo general, y de esto Sigurd se lamentaba bastante, eran arañas, lagartos y algún escorpión. Lo poco que esa marchita tierra podía proporcionar. Pero era algo, y Patricia se lo comía sin rechistar. Sigurd no comía. Tampoco es que le hiciera falta, su cuerpo estaba preservado como recompensa por sus actos ante los dioses. Pero de vez en cuando disfrutaba del placer de la comida, y de hecho para mantener el equilibrio cazaba en el bosque. Pero los animales del bosque no eran lo que había en el desierto. Buscar agua no le suponía dificultad alguna, ya que con lo que aprendió del Ciervo, podía detectarla en la tierra y excavar un poco para encontrarla. Era una tarea a la que no estaba acostumbrado, pero que hizo pensando solamente en lo mucho que Patricia lo necesitaba. Cuando se hacía de noche, Sigurd encendía una hoguera y le trataba de enseñar palabras a Patricia. Le encantaba, Patricia le prestaba atención y las decía con mucha ilusión. Pronto, quizá movida por una fuerza interior que no supo describir, Sigurd observó que Patricia se atrevía también a intentar conjugar los verbos. Eso a Sigurd le costó bastante mas. Para empezar porque claro, eran solo dos. En un principio, para que supiera lo que era la tercera persona del singular y la segunda y la tercera del plural, tuvo que usar los animales que había cazado. Y Patricia se liaba. Pero era muy atenta, y ya tras dos días supo diferenciarlos a la perfección.
- ¿Quieres que te cuente un cuento esta noche, Patricia?- le dijo Sigurd mientras reposaban en una pequeña cueva que encontraron entre las rocas del desierto
- ¿Que ser.. eh... es cuento?- trató de articular Patricia
- Un cuento es una historia para niños- dijo despacito y mirando como reaccionaba. Parecía asombrada, pero comprendía lo que había dicho
- Patricia no es niña- dijo tímidamente- Ya es mayor
- Si, eres mayor- dijo Sigurd con una sonrisa tierna- Pero los mayores también escuchan cuentos, son muy bonitos.
- Bonitos. Vale, Patricia quie... Yo, yo quiero- dijo corrigiéndose sola.
- Está bien, te contaré uno. Los tres cerditos.
- ¿Qué son cerditos?
- Son animales. Animales mas grandes que las ratas, mucho mas. Y tienen orejas y morro muy grandes, y la colita es redondeada. Espera, te dibujo uno.- Con sus dedos en la arena, y a base de círculos, Sigurd procedió a dibujar un cerdo. El resultado era bastante cómico, ya que lo que es dibujar, había perdido toda referencia sobre ello hacía muchísimos años. En otra época, ya hace años, recordaba que si que sabía dibujar algo, pero de eso ya había pasado demasiado tiempo. Así que el animal era una mezcla entre un globo y una escultura de plastilina. Patricia sonrió, le parecía muy mono.- Esto es un cerdito.
- Cerdito- dijo se reía- Tres cerditos.
- Eso es, tres- Sigurd levantó tres dedos. Como era algo que le había enseñado hacía muy poco, Patricia supo a lo que se refería.
Como cada noche, Sigurd arropó a Patricia con su abrigo, y con su camiseta hizo una almohada para que pudiera apoyarse. Solo que esta vez, empezó a narrar.
"Érase una vez, en un lugar muy lejano, tres cerditos que se querían hacer una casa. Cada uno la hizo de una cosa, el mas vago la hizo de paja. Otro la hizo de madera. Y el mas trabajador la hizo con materiales buenos de obra. Tardó mucho en hacerla, pero lo logró."
"¿Qué es vago?"
"Vago es el que no le gusta trabajar. Un día vino el Lobo"
"¿Lobo? ¿Tu? ¿Con cerditos?"
"No, no, yo no. Otro lobo, como un perro grande."
"Aaaaaaah, los que hacen Auuuuuuuuuuuuuu"
"Si, eso es. Y Como estaba buscando comida, el lobo vio a los cerditos, que corrieron a refugiarse en sus casitas. Así que el lobo, al ver la casa de paja, le dijo que abriese o soplaría tan fuerte que derribaría la casa"
"Pero los lobos no hablan"
"Ni los cerdos construyen casas, Patricia, es un cuento, pasan cosas que no son verdad, pero que son graciosas"
"Ah vale"
"El lobo sopló y sopló. Y la casa derribó. Te adelanto que los lobos en la realidad no soplan tan fuerte. Pero este si lo hizo, y el cerdito tuvo que correr a la casa de madera. El lobo volvió a soplar, y de tan fuerte que sopló, derribó la casa de madera también. Y ahora viene lo bueno, verás. El lobo esta vez intentó soplar la casa buena, la que le costó trabajo al último cerdito. Pero la casa estaba igual, no se iba. Así que el lobo no tuvo otra que irse, no podía derribar la casa.
"Pero el lobo no come"
"Esos cerditos no. A lo mejor otros"
"No gusta. Lobo no come y tiene que comer"
- Tiene que comer y ser fuerte- dijo bostezando- Como Lobo y Patricia.
- Si, como Lobo y Patricia- respondió Sigurd dándole un besito en la mejilla- Duerme bien, pequeña
- Mañana cuento mejor- dijo Patricia cerrando los ojos.
Sigurd observó a Patricia. Sonrió un buen rato mientras contemplaba su joven figura. Tenía el deseo de protegerla de todo, y eso era exactamente lo que quería hacer, al menos hasta que llegaran al bosque. Y es que Patricia parecía una chica indefensa a pesar de su edad. Que lo fuera o no, eso Sigurd no lo sabía, de momento lo que tenía como cierto era que estaba ante una chica que por la noche gemía de miedo teniendo pesadillas y le llamaba. Así que Sigurd se acostumbró a dormir casi pegado a ella, cogiendo su mano para que al menos supiera que estaba cerca.
El croar de las ranas podía oírse perfectamente en las pantanosas tierras de la bruma perpetua, donde casi siempre hay un color gris en el aire, de manera casi antinatural. La niebla es tan espesa que cuesta siquiera ver lo que hay a dos pasos de ti. Los juncos son frecuentes, pero su siniestro aspecto delata la escasez de nutrientes en los alrededores, a excepción, quizá, de los cadáveres de los peces que de un tiempo a esta parte se han ido acumulando en las orillas. El hedor es nauseabundo, el aroma de la putrefacción se une al de la tierra removida y húmeda. Aquí la vida es caprichosa, carroñera, y está llena de anomalías. Sin embargo, entre todo este mortecino y desolador paisaje hay una casa en pleno centro. Es una casa de madera con techumbre de paja, una enorme cabaña con despensa, en la cual hay un viejo altar de madera y tallas de deidades desconocidas. La puerta de la cabaña se abrió despacio sin presión alguna mientras la Mariposa entraba en ella, casi flotando. En sus manos tiene un sapo aún vivo. Bajó a la despensa y allí, cogiendo un cuchillo ritual, pronunció palabras en una lengua desconocida para la mayoría de la humanidad. Al hacerlo, con cada sílaba, su cuerpo vibró y sus ojos perdían la visión mientras su alma se intentaba escapar por todos los poros de su cuerpo. Las palabras eran cada vez mas difíciles, pero tras casi quedarse sin respiración, el conjuro salió bien. Los ojos de uno de los ídolos de piedra se iluminaron, momento en el cual la Mariposa sacrificó a la rana. El ídolo flotó hasta el altar.
- Una vida por una pregunta- preguntó el ídolo a través de su mente, con una voz profunda y grave
- Dime como vencer al Lobo, espíritu de sabiduría- el ídolo guardó silencio durante unos segundos.
- El Lobo puede ser vencido solamente si es en espacio cerrado. De lo contrario, dará igual lo que le hagas.
- Pero ¿por qué?- insistió la Mariposa- ¿Acaso algo le ata a este mundo a tal punto que no puede ser destruido?
- Has gastado tu pregunta. No hay mas vidas que puedas ofrecernos
El ídolo regresó a su lugar. La Mariposa renunció a realizar otro ritual para obtener conocimiento, pues se encontraba profundamente agotada y perturbada. Temía que si volvía a hacer algo como lo que acababa de hacer, su alma saliera de su cuerpo y fuera tragada por los espíritus encerrada en las figuras que adornaban la despensa. Pero al información le parecía insuficiente. Maldijo la situación y salió, enfurecida y decepcionada, de la cabaña. Ansiaba matar al Lobo. Fénix era su amiga, la única chica con la que había podido mostrarse abiertamente sin que la criticasen por ello. Lo que en un principio era simplemente una atracción tornó en historias que hacían que la Mariposa se pusiera a llorar, historias de noches enteras en las que no era importante ver, sino sentir. En las que el corazón no podía dejar de latir a un ritmo mayor del habitual y en las que el aroma era de perpetuo deseo. Y ahora el Lobo había destruido todo eso. El verdugo había aniquilado a su compañera, la flor mas bella de un jardín en el que no crecía vida. La rabia se apoderó de ella mientras emprendía la marcha, queriendo dejarse llevar por el viento al lugar en la que su ominosa presencia fuera evidente. Cerró los ojos nuevamente y dejó fluir su cuerpo por las corrientes emergentes, haciendo que el viento la llevase hasta su encuentro con el Lobo
Había caído una oscuridad casi total. Patricia estaba completamente dormida, quizá soñando con algo bueno, para variar. En cambio, Sigurd se acababa de despertar, sobresaltado por la corriente que estaba entrando. Una energía violenta se había adueñado del ambiente, algo que en sus sueños a Sigurd le había recordado a un morado con brillos chisporroteantes de rojo, odio en estado puro. Intentando no despertar a Patricia, salió al exterior. En efecto el viento estaba soplando fuertemente, arrastrando la arena, como siempre, pero había algo extraño. Una espesa niebla se había instalado en el exterior, dificultando mas si cabe la visión en aquel páramo desértico. Y además hacía frío, mucho frío. Tenía que haber algo, no era normal que una presencia le inquietara de esa manera. Tampoco sabía del todo si era una amenaza para él o para Patricia, pero por si acaso fuera la segunda opción, se concentró algo mas y miró a su alrededor. Tras un rato observando, por fin pudo distinguir algo que le alarmó. De entre la arena, como formándose en plena niebla, una figura en la oscuridad se estaba materializando, como si estuviera formada por la mismísima niebla. Una mujer llena de odio estaba ante sus ojos, cargando una ira que le era conocida, pues había sentido algo parecido años atrás. Y sin embargo, por un momento, la figura se sorprendió. Tenía que haber un error.
- No puede ser- dijo la Mariposa, incrédula- Tu no tendrías que estar aquí. Tu eres un recuerdo del pasado. Hace siglos que no te veo
- Ana...- dijo sorprendido Sigurd mientras avanzaba con paso lento- Yo también creía que no volvería a verte
- No des un solo paso mas- amenazó temblorosa. Rió nerviosa mientras un lágrima se caía por su mejilla- Tu.. tu eres el Lobo, ¿verdad?
- Si, soy yo. ¿Por qué? ¿Por qué noto tu odio a través de tu desconcierto?
- Porque me has arrebatado lo que yo mas quería, Sigurd- dijo sin poder contener mas las lágrimas y la rabia- Tu, de entre todos los seres de este planeta, de todo el maldito bosque, tenías que arrebatarme a la persona que yo mas quería.
- ¿A quién? He matado a varias personas, no se a quien te refieres- sus palabras apenas podían contener el pesar ni la culpa
- Al Fénix. Mataste al Fénix. Yo la amaba, Sigurd. Yo la amaba por encima de todas las cosas. Si ella me hubiera pedido que te buscase y te matase, no hubiera dudado.
- No quería matarla, Ana, yo sol...
- ¡No me llames Ana!- gritó- Para ti soy la Mariposa. Tu Ana no va a volver nunca.
El cuerpo de Sigurd empezaba a vibrar mientras su visión se empezaba a oscurecer. Algo tiraba de su alma mientras escuchaba oscuras palabras en un idioma ya olvidado y hacía que le doliesen todos los nervios del cuerpo. Se hizo una bola en el suelo presa de un dolor que no pudo comprender.
- Te voy a hacer partícipe del dolor que ella sintió- dijo mientras su voz se tornaba en un coro de ultratumba y su melodía entonaba una perversa canción que Sigurd no podía entender. Tenía que parar todo aquello.
- Kom Austre- empezó a entonar casi gritando de dolor- Kom gryande dag
- Cállate- gritaron las voces
- kom fedre og mødre av Høgtimbra ætter Kom hanar i heimar tri- a su grito de dolor acudieron las nubes, con el cántico sagrado que estaba recitando- Kom allfader Odin Kom moder min Frigg Kom vise vanar Kom utgamle thursar- Ana miró al cielo y comprobó como, sin saber por qué, la niebla se estaba dispersando. La semilla del temor estaba instalándose en su cabeza- Om frøa er ber syng den song som i fordums liv avla Ask standande heitir Yggdrasil Tronar eviggrøn yvir Urdarbrønn- con estas últimas palabras, un rayo cayó sobre él.
El rayo permanecía, elevando el cuerpo mientras un grito de poder que desgarraba el espíritu de todo lo vivo quemaba el valor de Ana, quien se echó para atrás y cayó en la arena, con terror al ver como el cuerpo de Sigurd se había vuelto inmune a su poder. Ahora era un monstruo imparable, una furia de la naturaleza, impasible y poderoso. Y su expresión era de absoluta fortaleza, indestructible.
- Te daré una oportunidad, Ana- dijo Sigurd revigorizado por el rayo- Solo una. Abandona este lugar y olvida tu odio.
Ana comprendió las palabras del ídolo. Era imposible matarle ahí. Sus poderes para con el rayo eran extraordinarios. No podía vencer. No le quedaba mas remedio que huir, pero la niebla se había disipado y no podía meterse en ella. Así que simplemente se levantó y corrió.
- Lobo- dijo una voz detrás de él
- ¿Qué pasa, Patricia?- dijo preocupado
- Miedo. Tu... te dole
- Me ha dolido una cosa, si. Se dice "te duele"- dijo mientras la daba un abrazo.
- Ahora tu est... estas bien- dijo abrazada a él y cerrando los ojos
- Si, mi pequeña. Ya estoy bien y no nos van a hacer daño nadie. Vamos a dormir.
2x1 oferta en bebidas hasta las 21:00 en el pub Talismán. Era todo lo que necesitaba Sigurd para ir todas las las tarde-noches de los viernes desde que tenía 16 años. Las borracheras eran algo de elogio. Y quería compartir esa felicidad. Le había prometido a Ana que visitarían el pub, y hoy, tras un mes juntos, iba a cumplir esa promesa. Cosas que tiene la vida, le encantaba ser detallista con ella. Se sentía mucho mejor desde que estaban juntos. Ana le había demostrado lo que era una pareja sana. Cada beso, cada abrazo, se le hacía un mundo de sensaciones y de felicidad. Eran felices. Allí, en un bar que parecía mas bien una mazmorra, Sigurd pedía canciones en la barra y se las cantaba a Ana, que maravillada le miraba con deseo de mimarle. Aprendieron juntos lo que era el esoterísmo, descubrieron su fe en los dioses de Asgard, se prometieron el Valhalla multitud de veces y Sigurd no paraba de volar. El Talismán se convirtió en el refugio de ambos. Era su bar, su rincón, su lugar de reunión, donde las alegrías y las penas se juntaban. Allí sus fantasías se desarrollaban.
Ana lloró. Hacía muchos años que se habían roto sus lazos con Sigurd, y había vivido muchas cosas. Pero los posos de aquel tiempo parecían haberse hecho eco ahora. No lo entendía. Se supone que le odiaba. Se habían hecho daño mutuamente, o eso se decía. ¿Por qué entonces no podía evitar acordarse de aquellas cosas? Mientras la noche la envolvía, mientras la única luz que podía ofrecer la luna en cuarto menguante era débil, las ascuas de un recuerdo tan amargo iluminaban su camino. Se estaba haciendo un lío. Había matado al Fénix, pero no podía matarle. Y estaba seguro de que quería. Se arrodilló y golpeó el suelo con un puño, rabiosa como estaba. Era demasiado, no estaba preparada. Por si fuera poco, estaba convencida de que hubiera tenido ocasión de matarla, pero que le había dado un ultimatum. Todo era un remolino en su cabeza. A lo tonto, solo de pensarlo, le acabó alcanzando el sol en el horizonte. Eso le traía mas recuerdos todavía. Recuerdos de un cuerpo en su cama en aquel pueblo. Se tumbó y trató de dormir para evitar pensar.
- La pobre Mariposa está sufriendo- dijo el Jabalí- No se que hacer por ella, Cuervo.
- No puedes hacer nada, amor- le susurró- Hay cosas que no se pueden evitar por mucho que queramos
- Los recuerdos van a masacrarla. No puedo dejarla así
- Deja que sea ella la que se encuentre con el destino. No te conviertas en su verdugo.
- En su verdugo- dijo a punto de echarse a reir nerviosamente- En su verdugo dices. Si soy su salvador. El verdugo es otro. Y ese otro pronto vendrá. Y estaré preparado. Te lo prometo, amor mio. Estaré preparado para que venga a conocer su destino
La cueva se llenó de las risas nerviosas de un cuerpo decrépito con una vitalidad antinatural
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