La mañana había dotado de colores y de sensaciones al lugar mágico y primaveral conocido como el Bosque. Verdes que iban desde los mas claros a los mas intensos, los vivos colores de las flores, los marrones de la madera y de la tierra y la cristalina transparencia del agua pura. Cada soplo de aire contenía cientos de aromas, miles, provenientes de la flora mas diversa que un bosque de tales características podía ofrecer, propio de los bosques de lo que antaño era Europa. O así lo hubiera descrito un inexperto, ya que en realidad en aquellos parajes había cabida para todos los ecosistemas forestales posibles. Desde las selvas del sur, con algunas excepciones de plantas, hasta los bosques mediterráneos, pasando por supuesto por una amplia gama de árboles que en teoría, por razones puramente geográficas no podían coexistir. La fauna, aunque diversa, si que podía considerarse europea. Abundaban los cérvidos y las cabras, así como jabalíes y muchos tipos de insectos, arañas y pequeños depredadores. Los mayores superpredadores eran lobos y osos, así como también algunas aves rapaces de gran tamaño. La vida acudía a la llamada del ciclo del día y de la noche, alternando los papeles para determinados animales. Todo en conjunto, era un paisaje casi paradisíaco.
El sonido de los pájaros en medio del silencio fue interrumpido por la explosión de un cuerpo al llegar al agua desde lo alto. Un cuerpo musculado, poderoso y con tatuajes pictos emergió a los pocos segundos echándose el pelo que le cubría la espalda hacia atrás y profiriendo un poderoso grito tras el cuál se escuchó el ruido de una risa de mujer joven. En efecto, el hombre miró a su derecha y ahí estaba, vestida con la mayor elegancia que le permitían sus habilidades como tejedora,con un vestido de fina seda roja, el Cisne. Y se estaba partiendo de la risa.
- ¿Qué te hace tanta gracia?- le dijo el hombre
- No lo se- dijo mientras volvía a reírse- Creo que oírte gritar como si te hubieran apuñalado
- He gritado porque el agua está buenísima hoy. Te recomiendo pegarte un buen chapuzón.- dijo avanzando lentamente por el agua hasta llegar a la orilla- Te refrescará las ideas- El Cisne elevó la mirada sin mover la cabeza e hizo un gesto con las manos como de querer comprender esa obsesión.
- Estas obsesionado con lo tuyo, de verdad. Yo ahí no me meto porque se que está fría. Que para algo se cosas de agua.- La sonrisa no se le iba, como hecha a prueba de absolutamente todo.
El hombre se sumergió una vez mas en las frescas aguas del río, contuvo la respiración un rato y cerró los ojos. Quería sentir en todo su cuerpo esa fresca sensación, vivirla, sentirse uno con la naturaleza mas viva. Y tras unos instantes en los que sintió renovadas sus energías, emergió, poderoso como nunca. Se secó saltando en el lecho del rio y se vistió muy escuetamente. Solía vestir únicamente unos pantalones sujetos por una cuerda a modo de cinturón, de color marrón. Por lo demás, al menos visiblemente nada. Ningún calzado, ninguna camisa, nada.
- Necesitaba un baño como este- dijo sentándose junto al Cisne, quien aprovechó también para sentarse en el suelo.- Hace mucho que no tenemos noticias del Lobo. Incluso a pesar de que sabíamos que se iba lejos.
- Lo que me he perdido por miedo a querer conoceros- le contestó mirando al cielo- Y resulta que sois los diferentes, los que en realidad no rechazáis a la gente por sus apariencias.
- Si, está feo que lo diga especialmente yo, pero es que es como si hubiésemos intentado proteger durante todos estos años a la gente que menos querría saber de nosotros.- su expresión tornó seria hacia la parte mas espesa de la arboleda- Mas allá, en otras partes del bosque, los que quedamos vivimos en armonía, pero porque tengo la sensación de que todos se apartan a nuestro paso. Ni siquiera se acercan ya al Ciervo, y ya has visto como es. Prácticamente es nuestra cara mas amable.
- Es muy amable, a mí me recibió con una sonrisa cuando le dije lo de mis sueños, y ahora aquí me tenéis, que vivo con vosotros.
- Bueno, de nuestro grupo ya ves que somos peculiares. Pero bueno... antes éramos mas- dijo cambiando algo el tono de voz, se notaba cierta nostalgia en el aire
- ¿Llego a tiempo?- dijo una dulce voz de hombre, la mas dulce que oídos mortales pudieran oír en varón alguno, una voz amable y generosa, pero llena de sabiduría- La conversación parece de lo mas interesante.
A sus espaldas, a una distancia prudencial, se acercaba un hombre con camisa blanca y con pantalones verdes, quien al igual que el hombre moreno iba descalzo. Su cuerpo delgado denotaba una elegancia que muchos podrían confundir con fragilidad, pero nada mas lejos de la realidad. Su gracia, combinada con su virtud a la hora de moverse y de hablar, le convertían en toda una agradable sorpresa para todos los cercanos. Su piel era suave, pálida, con algunas zonas de rubor un poco mas acentuado. Sus largos y finos cabellos estaban recogidos en una coleta, formando una larga cola roja como el fuego. Sonreía con una sinceridad innegable, con un corazón a prueba de dolor.
- Creo que has llegado a la parte de la nostalgia, mi amor- le dijo el hombre moreno, quien le sacaba bastante cuerpo. Se sentó junto a él y ambos se miraron con una ternura que podría derretir el hielo de un glaciar- ¿Te apetece que hablemos de ello o pasamos del tema?
- Oso, cariño, sabes que es mejor que hablemos de las cosas que nos duelen para poder empezar a solucionarlas o para pasar página, lo que antes suceda- reveló mientras pasaba una mano por su mejilla y le daba un beso.- Además tengo noticias- dijo esta vez mirando al Cisne- Creo que el Lobo ha encontrado al Búho. Su dolorosa tarea de seguro que le traerá de nuevo a casa.
- Bien, por fin- dijo el Cisne sonriendo y visiblemente emocionada- Espero tener razón y poder reconocerle, como sea quien creo es para matarme.
- ¿Eh?- Se extrañó el Oso- ¿Es que crees que os conocíais?- preguntó con visible incredulidad
- Yo no me meto, ella va a seguir aquí con nosotros, pero...- afirmó a punto de reír el Ciervo- Es que le ha descrito a la perfección. Incluso con frases y expresiones. Yo creo que dice en eso toda la verdad
- Estoy segura de que si, que es él. Ay dios mio, y yo creyendo lo que me decían los otros.- El Ciervo estalló en risas
- Pero cariño, si esa gente tiene miedo a este peluche de aquí- dijo el Ciervo pasando la mano por el pecho al Oso- ¿Cómo va a ser cierto?
- Ciervo, a ver, que hay parte de verdad en ese temor- dijo el Oso prudentemente- Su sagrada tarea es la de perseguir a los renegados y la de acabar con quienes supongan una amenaza para el Bosque y para el Planeta.
- Si, bueno, pero los dioses son sabios, amor. Lobo no ha castigado a nadie injustamente, es su tarea pero no quiere hacerla. Odia tener que matar a nadie
- Esa actitud es muy de él, si.- añadió el Cisne- Estoy segura de que es él.
- Cuando vuelva podrás hablar con él, seguro que le eres una agradable sorpresa- le dijo el Ciervo- Como he dicho, ha encontrado al Buho. Los dioses me lo han revelado. Ahora solo queda ya esperar a su regreso. Mientras tanto, creo que ya por fin te podemos hablar de nuestros otros compañeros: el Buho, la Lechuza y el Cuervo.
La conciencia de los días había desaparecido, encerrada como estaba en aquellos sueños de los que no podía siquiera escapar. Las imágenes se sucedían, y las alucinaciones de las que era testigo empezaban a importarle ya poco. De los paisajes rocosos a exuberantes praderas de colores, pasando por mares y océanos, viajando por su mismo fondo, y otros tantos paisajes que quizá nunca podría ver, siquiera en su imaginación mas profunda. Había personas que sin embargo le eran familiares. Había una mujer con cabellos oscuros mirándola preocupada, y una chica de pelo plateado que se acercaba a ella llorando. Y luego había también un hombre corpulento de cabellos rizados, y parecía estar buscando su rastro, pero nunca la veía, y eso que estaba al lado. Quería gritar pero ningún sonido salía de su boca, Sus manos ni siquiera eran capaces de levantarse, todo su cuerpo parecía estar encerrado. Los minutos se hicieron días, y los días se hicieron meses.
Tras serenarse, y sintiendo de nuevo una extraña determinación, Sigurd se levantó y se concentró en su nuevo objetivo. No regresaría aún. Tenía que retomar la búsqueda. No sabía cómo, pero tenía la esperanza de que buscando algo parecido a las sensaciones que tenía con el Buho, podría encontrar algo que le llevase por ahí. Volvió a donde reposaba el cadaver del Buho y posó su mano sobre su frente. Aún, quizá por el poco tiempo transcurrido, había algunas energías de las que poder extraer algo. Sigurd cerró los ojos y respiró. Extrajo como pudo, la poca energía que tenía y las imágenes se formaron poco a poco en su cabeza. Había algunas imágenes de la Lechuza, momentos puntuales, algunos muy bellos y otros en los que se notaba el sufrimiento de ambos. Pero todas las imágenes tenían un punto en común, y es que tenían lugar en las tierras circundantes. Muchos de los lugares que vio ya estaban en su memoria de antes. El resto de cosas que pudo ver eran sensaciones. Algunas tenían colores variados. En concreto, la de color rojo carmesí le llamó la atención. Zelborg no solía enfadarse apenas, así que esa sensación podía o bien venir de él o ser ajena y estar cercana a él. Quizá por ser algo inusual, o quizá porque no le quedaba otra, decidió intentar seguir la pista de esa emoción. En un principio dudó, pero al ver que al salir del refugio la pista estaba aún fresca, lo suficiente si tenemos en cuenta el tiempo transcurrido, se reforzó su interés en seguirla. Definitivamente no era de Zelborg. Tenía dos opciones, que fuera un rastro cercano o que fuera muy intenso y perdurase fresco en el tiempo. Tras un par de días caminando, tratando de concentrarse en ello, dejó la concentración a un lado. En esa tierra mustia y desangelada, la putrefacción no era tan potente como lo era el odio. Se notaba si lo buscabas lo suficiente, aunque Sigurd, centrado como estaba en buscar a Zelborg, lo pasó por alto. Cosa que le dolió, porque tenía mucha confianza en sus sentidos, los naturales y los sobrenaturales, y esto era una rendija por la que se habían escapado determinados rastros.
Tras tanto tiempo hundido, cuando murió el Cuervo, todo el odio que Sigurd sentía había dejado de ser hacia los demás y se centraba en únicamente odiarse a sí mismo. Durante un tiempo que no logró medir, Sigurd estuvo preocupado únicamente por tratar de recomponerse del trauma emocional que supuso el perder a su amiga, a quien hubiera dado su vida en bandeja si se lo hubiese pedido. El dolor de saber que no pudo salvarla se le hizo insoportable. Por eso, y buscando en sus recuerdos, solo conoció a alguien que le odiase mas de lo que él se odiaba a sí mismo. Solo una hechicera, de entre todos en el Bosque, le odiaba mas de lo que él podía hacerlo, y por motivos distintos. El Halcón. Aquella chiquilla de cabellos rojos como las ascuas, apasionada en sus acciones, cual huracán de intensidad. Mirando al cielo, pensando en ella, Sigurd se estaba arrepintiendo de estar vivo, pero hay cosas por las que no se puede dar marcha atrás. Rogó en silencio que no fuera ella quien retenía a la hija de Zelborg y la Lechuza. Emprendió la marcha, queriendo que todo aquello acabase pronto. Porque desde luego por las buenas parecía que no iba a acabar. El Halcón era una chica temperamental, que vivía en el perpetuo deseo de ser una maestra en sus habilidades como piromante. Quería aprender tan rápido que exigía mas y mas a cada segundo. No podía detener su ritmo. Y peor aún, había sido su alumna. Si ahora ella era una hechicera poderosa era porque Sigurd, queriendo ayudar a alguien a realizar su sueño, había entrenado a una de las hechiceras mas obsesivas que habían pisado el bosque. Ya antes de su partida, había cambiado el color de las llamas de un naranja muy potente a el color amarillo. El Halcón podía, ya por esos años, arrasar un pueblo con poco esfuerzo.
Tras unos días, en los cuales los recuerdos sobre el Halcón estuvieron presentes, Sigurd encontró en la distancia un edificio pegado a la pared rocosa de una montaña. Su estructura, llena e acero, ya oxidado por el paso del viento, la arena y la erosión, producía llamativos ruidos metálicos al ser golpeados entre sí. Recordaba a la entrada a una mina, a los laterales había de hecho taquillas, algún despacho y herramientas con las que extraer minerales, además de algún candil, todos ellos ya inútiles. Los que no estaban rotos les faltaban piezas. Sin embargo, contra todo pronóstico, la instalación eléctrica si que funcionaba. Había varias luces encendidas en el interior, las cuales borraban todo rastro de oscuridad, a pesar de no ser ni por asomo todas las que el edificio tenía. la mina bajaba por un espacioso montacargas en el que fácilmente cabían por igual mineros y maquinaria. Sigurd apretó el boton de descenso y este se puso en marcha a la vez que sonaba una alarma para indicar el uso del montacargas. Si había alguien ahí, sin dudas sabría ya de la presencia que se avecinaba, y Sigurd estaba preparándose, concentrando sus fuerzas en lo que podría ser un ataque a primera vista. Pero al descender, al llegar al nivel inferior, no había nadie a primera vista. Podía, aun así, sentir que algo estaba cerca. Alguien poderoso, con una energía muy llamativa. Fue entonces cuando la megafonía se activó y una voz femenina se escuchó por el tunal. "Maestro, que grata visita" Ya no quedaban duda alguna, era el Halcón. El pasillo, que en un principio parecía oscuro, iba ganando en luz. Una luz rojiza a veces, y anaranjada otras, pero que sin duda alguna era debido a la combustión. El aroma a roca fundida era inconfundible ya desde la distancia, y el calor estaba elevándose. Al final del tunel, una sólida pasarela colgante se extendía en línea recta hasta otra estancia, mejor iluminada que el pasillo, y de la cual se veía venir a una mujer de aspecto juvenil, vestida con un jersey verde y pantalones vaqueros, además de unas botas de trabajo marrones. Empezó a caminar con paso despreocupado, fingiendo una sonrisa.
- Bienvenido a mi casa, Maestro- dijo la mujer- ¿A que debo tu grata visita?
- No he venido a pelear- dijo Sigurd de manera seria, con la esperanza de que todo pasara cuanto mas rápidamente posible mejor- Entrégame a la chica y me lo pienso, Halcón- Una sonora carcajada inundó el lugar.
- Claro, si. ¿Qué mas?- añadió mientras se limpiaba una lágrima presa de la risa- Ay Lobo. El Halcón ya no existe. Ahora soy el Fénix. Y tu no eres bienvenido aquí. Te diré lo que haremos. Yo te mato, y la chica se queda conmigo.
- Veo que no hay...- las palabras se cortaron. Fénix lanzó una ráfaga ígnea a Sigurd.
El color verdoso de las llamas hizo que Sigurd se alarmase bastante. No sabía hasta que punto las cosas podían ponerse feas, pero desde luego ese era un punto bastante alto. Por suerte para él, pudo hacer algo al respecto, y un grueso muro de hielo se había interpuesto entre ambos, el fuego y él. Pero ahora estaba empapado por las aguas en las que se había convertido el muro, y se notaba nervioso. No pudo reaccionar mucho, ya que debido al temor creciente, no pudo darse cuenta de que parte del puente se había derretido y estaba por precipitarse a la lava. Para cuando quiso darse cuenta de ello, empezó a caer
- Quiero seguir aprendiendo, Maestro- le decía el Halcón- Quiero ser igual que tu, ir a vivir aventuras, proteger a los demás, ser admirada y temida.
- Pero yo no soy así, pequeña- dijo con mirada perdida- Soy solo un soñador que ha perdido lo que mas quería y que a veces actúa por inercia
- Eres el mejor y yo quiero saberlo todo, estoy dispuesta a lo que haga falta con tal de ser la mejor piromante del mundo.
- Halcón- dijo mientras cogía sus manos- Eso es muy peligroso. ¿Tu sabes cuánto tienes que odiar para hacer eso?
- Me da igual cuanto. El que haga falta
De entre la lava, un islote de roca emergió, evitando que Sigurd cayera a una muerte segura. Pero se temía que ya no pudiera evitar de la manera anterior el fuego, así que decidió actuar. Apenas puso el Fénix un pie en el islote, Sigurd se agachó y tocó el suelo, moldeando una serie de afiladísimsa lanzas de piedra que surgieron del suelo tras ella y la ensartaron por diferentes partes del cuerpo. No pudo siquiera ahogar un grito, ya que las lanzas habían atravesado, entre otras partes de su cuerpo, su garganta. Pero Sigurd no puedo siquiera respirar tranquilo, pues al poco, una explosión de llamas azules incineró el cuerpo inerte del Fénix, reduciéndolo a cenizas. Horrorizado, Sigurd pudo contemplar como las cenizas del suelo se unían y formaban nuevamente un cuerpo, uniendo tanto las cenizas como los restos de sangre que estaban en la roca.
- Muy ingenioso, Lobo- le dijo una vez recompuesta- Pero verás, mi nuevo maestro me ha enseñado un par de trucos
- Te he ensartado en puntos vitales- dijo incrédulo Sigurd- No deberías poder ni pensar en usar hechizos solo de la agonía
- Pero es que esa es mi mayor virtud- empezó a reir, en actitud condescendiente- Ademas has visto ya el color que alcanzan mis llamas. No puedes odiar a nadie mas de lo que yo os odio a los idiotas de ese bosque, y en especial a ti.
- Tu actitud es la de una niña pequeña
- Cállate. Tú eres el niño pequeño- dijo gritando a pleno pulmón- Siempre lloriqueando con que echabas de menos a una chica que ya estaba en los brazos de otro, como si de un adolescente se tratara. Y mientras yo te admiraba, joder. Yo quería ser como tu. Y por supuesto estaba equivocada.
- Nunca me escuchabas, ¿verdad? Estabas demasiado ocupada con tu ambición para entender absolutamente nada.
- Eres tu quien no me escuchaba nunca ni me quería escuchar. Se acabó.
Las llamas azules envolvieron a Sigurd en el momento en el que Fénix extendió su mano en dirección a este. Eran su mayor obra, su logro, su cúspide. Nada escapaba de ellas, y no había logrado que nada estuviera mas caliente que esas llamas. Su nuevo maestro le había enseñado el secreto de su nombre. Solo moriría por el fuego, pero nada podía quemar su carne que no fuera su propio fuego, lo que la convertía en alguien imperecedera. Siempre ardía. Siempre salía de entre las llamas renacida, eterna, bella y poderosa.
- No volveré a verte ni a ti ni a tu estúpida pandilla de niñatos llorones en un bosque que sería mejor reducir a cenizas- gritó mientras le daba la espalda a Sigurd
- Halcón, basta- gritó enfurecido por primera vez en muchos años Sigurd- He escuchado por demasiado tiempo tus llantos de niñata, he tenido suficiente. Ahora te vas a callar y vas a volver o puede que te arrepientas de lo que has dicho
- Eres incapaz de levantarte y reaccionar aunque te fueran los huevos en ell...- el bofetón se escuchó en todo el bosque. Se hizo primero un silencio y luego un llanto- Maestro...
- Si no eres capaz de moderarte y entender las cosas que te digo, no soy tu maestro, soy un fracaso como tal. Tenía que haber tenido mas disciplina y mano dura contigo y te he consentido todos tus arrebatos. Ahora vete. Me da igual lo que hagas, yo he tenido suficiente.
Entre lágrimas y dolor, sintiendo un odio tan intenso que no podía describir, el Halcón corrió como alma que lleva el diablo hasta el límite del bosque, y posiblemente mas allá
- Hasta nunca, Maestro- dijo aliviada Fénix mientras se daba la vuelta- Hoy termina lo que hace tiempo empezamos.
- Oh, si- dijo una voz tras de sí- Claro que termina hoy. Lo que pasa es que a lo mejor no como te crees.
Horrorizada, Fénix se dió la vuelta para ver, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal y se ponía a temblar, el color blanco de las llamas que estaban envolviendo a Sigurd.
- Vamos a jugar a la lógica elemental.- dijo Sigurd visiblemente enfadado- Si sólo puede arder aquello que está a menor temperatura que las llamas, eso quiere decir que, por lógica, tus llamas azules no me pueden quemar.
- No puede ser verdad.- dijo con voz entrecortada- Solo puedes hacer eso si odias, y yo no te he visto odiar a nadie. No odiabas a nadie.
- ¿De verdad te lo crees? Todos los putos días de mi existencia en el bosque odiaba. Al principio a mí, y luego, con el tiempo, aprendí a odiar al Jabalí. Tanto tiempo le he odiado a pesar de su ausencia que roza la locura. Tu no has perdido a nadie creyendo que era tu culpa, Halcón. Yo perdí a la persona que mas me importaba. La lección ha terminado
Los gritos de agonía del Fénix resonaron por toda la estancia. Unas llamas mas calientes de lo que era capaz de soportar se habían apoderado de su cuerpo y quemaban más rápido de lo que era capaz de soportar. Sigurd trató de no dudar mientras escuchaba los pavorosos gritos que profería, pero no tenía otra opción. Tenía que seguir odiando, alimentando las llamas. Si no lo hacía, no podría buscar a la hija del Buho. Era lo mas importante, ya tendría tiempo de plantearse la moralidad de lo que estaba haciendo o no. Finalmente solo quedaron cenizas, las cuales no pudieron recomponerse. Tras unos segundos tomando aliento, se dirigió por fin a la habitación al otro lado del puente.
El lugar era fascinante. Un enorme laboratorio dotado de la mejor tecnología que había visto alguna vez. Enormes tanques probeta con especímenes escalofriantes, deformados e inertes, algunos remotamente humanos, ocupaban gran parte del espacio, junto a una mesa de mezclas enorme y varios compuestos. Había un libro y una serie de jeringuillas con una sustancia morada la cual decidió guardar, junto al libro, para llevársela al Ciervo. Seguro que él sabría lo que tenían. Tras ello alzó la vista y encontró en un tanque, a una chica con largos cabellos morados y piel morena. Flotaba, viva pero en un estado de éxtasis, en el interior de un tanque. Sigurd ni se lo pensó. Agarró un enorme martillo que había cerca y de un poderoso golpe, el cristal se hizo añicos y el cuerpo de la chica se precipitó al suelo. Sigurd se acercó lo mas rápido que pudo a recogerla. Tosía desesperadamente y miraba al vació, alucinada aún.
- Ya está, ya está- dijo tratando de cogerla en sus brazos- Tranquila
- Tr... tranq...- balbuceó.
- Ssshhhhhh- hizo poniendo un dedo en sus labios y rebajando su tono de voz- Estas a salvo, te sacaré de aquí- La chica miraba perdida a todas partes, sin saber nada de lo que estaba pasando, asustada.
- Mama... - dijo mientras buscaba por todas partes a su madre- Papa... PAPAAAAAAAAAAAAAAAA- gritó a viva voz mientras trataba de huir de los brazos de Sigurd
- No, no, no, tranquila, estoy aquí para llevarte con mama- trató de convencerla Sigurd.
No podía ni caminar. Gateó como pudo por todas partes, buscando por el laboratorio a sus padres, pero era obvio que no iba a encontrarlos. Sigurd no contaba con esto. ¿Era posible que de verdad la chica no supiera absolutamente nada de nada o era el efecto de las drogas? Fuera como fuera, Sigurd sabía que tenía que hacer algo, pero es que no estaba acostumbrado a tratar con bebes.
- Pst- dijo tratando de llamar su atención. Se puso un dedo en el pecho, señalándose- Lobo- Entonces la señaló a ella. Pero ella estaba desconcertada, porque no sabía su nombre siquiera, así que hizo un gesto de negación. Sigurd se maldijo. Ni nombre tenía. Bueno, sea, se dijo a sí mismo, y reuniendo el valor, lo dijo- Patricia.
- Patricia- dijo señalándose a si misma. Se puso a sonreír- Patricia.
Se olvidó de todo lo demás, tenía que encontrarla ropa y saldrían de allí lo antes posible. Por fortuna, en el laboratorio había, vete a saber bajo que circunstancias, prendas de todo tipo. Como bien pudo, Sigurd le puso las ropas y el calzado a Patricia. Se decantó por algo práctico, unos pantalones de camuflaje, una camiseta blanca y unas botas de senderismo. Lo iba a necesitar, el camino era largo. Entonces cogió a Patricia por la mano y la trató de enseñar a andar. Al principio le costaba mucho, no tenía apenas sincronía, pero tras unos pasos cogió soltura y empezó a andar con naturalidad mientras sonreía a cada pequeño logro que le permitían sus pasos. Algo paternal se encendió en el corazón de Sigurd al ver como la pequeña estaba dando sus primeros pasos, aquello era algo nuevo para ambos.
- ¿Qué ha sido de los otros que no están aquí?- preguntó el Cisne- ¿Se fueron a vivir fuera?
- Solo el Buho y la Lechuza- reveló el Oso- Necesitaban salir de aquí. No les culpamos de ello.
- ¿Y que pasó con el Cuervo? Creo que estáis retrasando el contármelo.
- Ay, Cisne- suspiró el Ciervo- Es que ese es un momento doloroso y el que peor lo pasó es el Lobo. Fue testigo de la mas triste escena que imaginarse ojos puedan.
- No quiero que reviváis momentos dolorosos, si no queréis no pasa nada, no preguntaré mas- pidió alarmada el Cisne
- Tenemos que afrontarlo igualmente. Todos. Lobo encontró los restos negruzcos de esta a los pies del Jabalí. No sabemos con exactitud lo que sucedió pero la realidad era esa, que sus restos, que se desvanecían con el viento, solo pudo verlos durante unos breves segundos el Lobo. Creemos que fue la ira desmedida de este la que hizo que el Jabalí cayese, fulminado por un rayo incesante. Cuando lo vimos, tras reagruparnos, intentamos rodearle en nuestros brazos, pero el golpe final ya había sido realizado, nada podía consolarle.
- Él la amaba, ¿verdad?- dijo con lágrimas en los ojos el Cisne
- Era un amor no correspondido, pero seguían siendo muy buenos amigos.
- Si él la amaba ella tenía que ser un cielo de persona. No me imagino que no lo fuera.
- Todos en este claro la queríamos mucho.- señaló el Oso- Era otra de entre los olvidados. Estoy seguro de que hubierais sido grandes amigas.
- Si era su amiga, conociéndole, seguro que si.
Se tumbó el Cisne y miró al cielo, reuniendo en su cabeza los recuerdos de otro tiempo en los que su amigo, de quien sospechaba ya con toda seguridad que fuera el lobo, caminaba con ella por las calles oscuras de perdidas ciudades, con la poca luz que proporcionaban las estrellas y la luna, y esos ratos en los que se daban consejo y tomaban juntos ron. Y con esos recuerdos en la cabeza, empezó a cantar, con la esperanza de que su amigo y el Cuervo pudieran escucharlo. A su alrededor, una espesa niebla empezó a formarse, y una sensación de confort rodeó a los tres hechiceros presentes.
"I hurt myself today
To see if I still feel
I focus on the pain
The only thing that's real
The needle tears a hole
The old familiar sting
Try to kill it all away
But I remember everything
What have I become
My sweetest friend
Everyone I know
Goes away in the end
And you could have it all
My empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt
I wear this crown of shit
Upon my liars chair
Full of broken thoughts
I cannot repair
Beneath the stains of time
The feelings disappear
You are someone else
I am still right here
What have I become
My sweetest friend
Everyone I know
Goes away in the end
And you could have it all
My empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt
If I could start again
A million miles away
I will keep myself
I would find a way"
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