lunes, 10 de febrero de 2020

Las alas del Buho

Las dunas dejaron de extenderse hasta dar paso a una serie de formaciones rocosas rojizas, dando algo de distinción a un paisaje anteriormente amarillento. Si bien es cierto que se había topado con alguna pared de roca en el desierto entre la cual refugiarse al anochecer, ahora no eran una excepción sino que predominaban un paisaje singular. Y sin embargo, las nubes habían crecido y se habían juntado de tal manera que no había un solo rayo de luz solar que pudiera penetrar con fuerza, proporcionando un aspecto bastante desolador a pesar de la variedad cromática. El viento, que soplaba con fuerza, arrastraba ahora ya poca arena en comparación con los días anteriores, sugiriendo el final de las dunas. Esto alivió en parte a Sigurd, quien sabía que eso era el paso final para encontrar al Buho, su antiguo amigo y compañero de andanzas. Se detuvo y cerró los ojos, posando su mano derecha en la tierra, agachado. Respiró profundamente, absorbiendo cuanto aire le permitieran sus pulmones. Al principio sintió una hermosa sensación de alivio, pues en efecto, las energías de su amigo estaban en algún lugar de ese erial rocoso sin fin. Pero tras esa sensación, los colores se apagaban, revelando una sensación de color gris que iba oscureciéndose mas y mas. Solo había vivido ese aura una vez, y fue hace muchísimo tiempo. Y el caso es que sabía que era imposible, pero se inquietó. El Jabalí estaba muerto. No podía ser él. "Maté a ese hijo de puta", se dijo para sus adentros, "es imposible que sea él". Trató de apartar este pensamiento. Tardó un par de minutos en recomponerse, porque por mucho que lo intentaba, eso le inquietaba. Pero no podía ser una ilusión, ni algo irreal. De hecho es de las cosas que mas lúcidas tenía en sus recuerdos, el momento en el que le arrancó el corazón y lo devoró, entre sollozos y rabia.

Pero si seguía así, no llegaría nunca, así que apretó el paso como pudo, tratando de saltar entre las rocas. Era casi como un juego, uno en el que si caías en la arena podías perder. Contra nadie, claro, pero el camino se le estaba haciendo ya tan largo que quizá pensar en jugar mientras lo hacía podía distraerle un poco. Sacar algo de humor en situaciones adversas era lo que había hecho que Sigurd estuviera aún vivo, una mente sin nada que ocupar se devora a sí misma. Y cuando el tiempo no pasa para uno, peor aún. Un salto, luego otro, con cuidado que esta vez la roca estaba un poco resbaladiza, otro, y así iba pasando el tiempo. Se lamentó de no tener encima ni una lata de bebidas energéticas. Había pasado hacía unos días por la única ciudad a la redonda y no se le había ocurrido. Pensó en que ya iba siendo hora de aprovisionarse de alguna cosa que echara de menos si es que se topaba con ciudades porque de lo contrario a su llegada al Bosque no tendría otra cosa que lo que este proporcionase, y se había dado cuenta de lo mucho que echaba algunas cosas. El chocolate, el café y las bebidas energéticas sin duda eran de lo que mas echaba de menos. Porque ciertamente en el bosque había muchos recursos naturales, así como la posibilidad de plantar determinadas vides y semillas. Pero justo las del cacao y los granos de café eran de las que no había. Pensó en esto mientras seguía dando saltos, uno por aquí y otro por allá, procurando seguir el rastro de energía. Estaba algo lejos aún, pero al menos podría distraerse un poco. A lo tonto, y teniendo cuidado, se le hizo casi de noche cuando divisó, en la distancia, una pequeña plataforma de acero oxidado. Una escalera desgastada llevaba hasta lo que parecía ser una plataforma de ascensor, o eso al menos es lo que distinguió. Parecía estar lo suficientemente aislada del viento como para que este no pasara por ella y también para ahuyentar la arena que de otro modo podría haberla dañado mas o podía haberla enterrado.

Al llegar, lo primero en lo que pensó es en si habría alguna medida de seguridad que le impidiese bajar, pero lo descartó rápido, al fin y al cabo en la guarida de un hechicero, si eran como ellos, no era necesaria mas seguridad que la que podía proporcionar un hechicero. Su poder estaba, al fin y al cabo, limitado por su imaginación, su fe, y su voluntad. Si por casualidad no sabías lo que hacer con una llama, lo mas posible es que la llama solo siguiera ahí, en el aire. Si no tenías fe, directamente es posible que los dioses ni siquiera te hubieran dotado de control sobre los elementos, y por supuesto la voluntad era decisiva. Sin voluntad, como todas las cosas que requieren un cambio, no había posibilidad de este. O lo que es lo mismo, al realizar un hechizo se realiza un acto consciente en el que asumes una serie de consecuencias. Si por algún casual no eres capaz de asumirlo, si no te lo tomas en serio, dará igual toda la fe que deposites en los dioses. Pero una vez cumples los requisitos, una vez has conseguido tu primer rayo, o tu primera lluvia, o lo que quiera que sea que domines, el límite era solamente eso, la imaginación. Un hechicero con imaginación bien podría mover una corriente de agua en formas inesperadas o moldear la tierra de formas determinadas, lo cual convertía a cada hechicero experimentado en auténticas fuerzas de la naturaleza. Y esto lo sabían todos ellos. Necesitaban un enemigo natural, algo que les detuviera.

La plataforma, aunque era algo vieja, tenía aún circuitos e incluso un panel. Dicho panel tenía varios botones, de los cuales presumió que había que sacar un código, pero ni sabía cual era ni tenía la paciencia necesaria para intentar descifrarlo, así que se limitó a cerrar los ojos, concentrarse un poco y notar esos picores en su brazo izquierdo. Se le erizaron todos los pelos del brazo mientras una descarga eléctrica salía de su mano y se hacía uno con la máquina. Enseguida pudo ver como la plataforma descendía. Comprendió entonces que debía ser algún montacargas que le llevaría bajo tierra. En un principio las luces en medio del trayecto funcionaban, pero tras un rato, muchas de ellas sencillamente ni estaban, y las otras no funcionaban. Así que, tal y como le enseño el Buho, probó a trabajar ese odio guardado por años. Su circulación se aceleró al ritmo cada vez mayor de su corazón, y de la palma de su mano brotó un a llama suficientemente grande como para poder iluminar todo a su alrededor. No era del todo agradable, el calor se le estaba haciendo un poco insoportable. Pero no sabía iluminar de otras formas, y estaba seguro de que por allí no habría muchas luces tampoco. La instalación, hace tiempo abandonada, tenía mas bien aspecto de instalación secreta subterránea, con un largo pasillo rectangular recubierto de metal y con dos pequeños postes al final del camino con los que señalar el final de este para los vehículos de transporte, además de una puerta con un cristal. La verdad es que, haciendo incapié en lo anteriormente mencionado, Sigurd estaba seguro de que en efecto, las medidas de seguridad anteriores a la llegada del Buho seguramente hubieran sido mayores, pero ahora aquello parecía mas bien un cementerio mas. Sobre todo teniendo en cuenta que al abrir esa puerta, el escenario era de total abandono. Montones de herramientas y tecnología ahora perdida estaban sobre hileras de mesas de trabajo de acero, pensadas para resistir, sin duda, cortes y golpes de cualquier clase. A las herramientas mas arcaicas, como martillos y sierras, había que sumar equipos quirúrgicos y lámparas. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sigurd mientras este se imaginaba a los pobres diablos que seguramente fueran presa de las brutales garras de los tecnomantes. Locos de la tecnología, a caballo entre una secta practicante de poderosa magia oscura e ingenieros de la biotecnología avanzada, los tecnomantes eran, despues de los renegados, lo que mas preocupaba a Sigurd. Porque al contrario de lo que los renegados hacían, que era evidente, pues eran antiguos miembros de las hermandades del bosque, los tecnomantes no habían necesitado de los dioses para sus propósitos. Habían sobrevivido, habían prosperado y conocían secretos ya olvidados por la humanidad. Secretos que sin duda habían sido peligrosos, secretos que el día en que fueran revelados podrían tener la clave para el destino del propio planeta. Sigurd recorrió la enorme estancia, observando como sus pasos retumbaban, por poco ruido que hiciera, en aquel lugar de eterno silencio, imponente cual catastrófica catedral del un delirio megalomaníaco. Sin duda, si había alguien le habría escuchado.

En la distancia, una luz parecida a la llama que estaba usando se encendió. Provenía de una especie de despacho al que acceder tras unas escaleras. Apagó la llama, sintiendo alivio, ya que estaba sudando, y se acercó a la puerta del despacho. Golpeó la puerta suavemente con el puño derecho.

- Adelante, viejo amigo- dijo una voz desde dentro, una mezcla entre la voz que tanto extrañaba y otra, la de alguien muy cansado y débil

Abrió la puerta, y allí, al calor de una estufa, con las luces de las pocas bombillas que quizá no habían explotado, envuelto en una manta, se encontraba el Buho, con sus cabellos rizados hasta los hombros, sus gafas y su rostro afable sin afeitar. Sonreía cálidamente. Sigurd se apresuró a acercarse a él para abrazarle mientras los ojos se le cubrían de lágrimas, y el Buho se levantó como pudo para hacerlo también. Seguía siendo él, su amigo, con el cuerpo rollizo pero fuerte y su aspecto de niño grande.

- Buho, joder, cuanto tiempo- dijo mientras cerraba los ojos en un caluroso abrazo.
- Has venido en el momento adecuado- le respondió justo para terminar la frase y empezar a toser fuertemente. Sigurd trató de recuperar la compostura e intentó sentirle, pero solo se horrorizó al sentir el morado tan oscuro que se estaba formando en su mente y como este se iba tornando a negro.
- ¿Cómo es esto posible?- dijo soltando su abrazo- Nunca te había notado tan débil, tan apagado
- Ah, si- dijo el Buho entre tos y tos- No te preocupes, hombre. Ya sabías a lo que venías en realidad cuando los dioses te dijeron que estaba aquí
- ¿Te lo contaron?- preguntó Sigurd, quien estaba confuso
- Claro que me lo contaron- le dijo tratando de tranquilizarle- Creo que no podían haber enviado a alguien mejor. Pero mira, mejor nos contamos las cosas con algo caliente de por medio, ¿no?- El buho miró a su alrededor buscando con la mirada algo con lo que poder ofrecer un refrigerio a su amigo- Creo que tengo chocolate. Y café. ¿Nos hacemos un mocca?
- Creo que nada me gustaría mas que eso- le confesó Sigurd, tratando de ocultar sus nervios.

El aroma del café y el chocolate hicieron que Sigurd recordara los primeros días en el bosque con el Buho. Su amigo, el único que tenía el valor de hablar con él.

- Te he visto hacerle ojitos a la Lechuza- afirmó Sigurd mientras le hincaba el diente a su pata de ciervo asada- ¿Cuándo le vas a decir algo?
- Es que ya se lo he dicho, granuja- le respondió el Buho, que estaba aún asando la suya.
- ¿Ah si?- preguntó masticando Sigurd- ¿Y que te ha dicho?
- Que poco a poco. Pero al mismo tiempo... no se, había una química muy curiosa.
- ¿Curiosa?- gritó tras casi atragantarse- Pero que os devoráis con la mirada cada vez que os miráis, no me jodas.
- Bueno, pero el Ciervo y el Oso también, no se que tiene de malo- Sigurd rió a mandíbula batiente- Pero bueno, ¿Qué te pica a ti?
- Son pareja, Buho. El Ciervo y el Oso son pareja- le dijo Sigurd, que había dejado de comer por la risa que le había entrado
- Aham- añadió el Buho confundido- Y dices que nos miramos igual.
- Joder, es que ella está ademas sonriendo como una boba, como tu cuando me hablas de ella. Vamos, es que eso de que vayáis despacio... no se, a lo mejor es que quiere que lo disfrutéis poco a poco, vete a saber.
- No lo se y no me importa. Yo estoy feliz.



El Mocca caía caliente, ya mezclado, en un par de tazas que en otra época bien pudieran haber pertenecido al encargado del lugar. La sensación del lugar, a pesar de los restos tecnológicos, era de confort.

- He visto a la Lechuza- dijo Sigurd mientras olía el delicioso aroma de su taza- Ha sido muy amable conmigo.
- No me atrevo siquiera a verla. Si la hubieras traído no se ni como hubiera podido reaccionar- dijo el Buho mirando a su taza.- Tengo tantas cosas por las que querría pedirla perdón...
- Pero yo creo que ella no te odia, Buho- le dijo tratando de mostrarle con la mirada las cosas que vió aquella noche- Me pidió que... bueno... digamos que no quiere verte sufrir mas.
- Ella nunca hubiera querido que yo sufriera por nada, y yo... digamos que yo la he hecho sufrir. Por todo. Quisimos salir del bosque porque teníamos que ver el mundo, porque ese lugar no podía ser siempre un refugio, vivimos en un planeta, maldita sea.- dijo todas esas palabras con tanto dolor que nada en el mundo le hubiera consolado y estalló en llanto- Y cuando por fin pudimos encontrar un sitio para nosotros tres, tuvo que aparecer otra puta vez ese cabrón nacido de la mas vil ramera de babilonia.
- Buho, no puede ser- dijo Sigurd tratando de no temblar
- ¿Qué de todo no puede ser?- le respondió el Buho- ¿Que no encuentro a nuestra hija? ¿Que he abandonado a mi mujer en una búsqueda interminable? ¿Que tengo cáncer y me quedan dos días? ¿Que el Jabalí está vivo?
- Está muerto- le respondió tajantemente Sigurd- Yo le maté. Me comí su puto corazón aún caliente.
- Me importa un comino, Lobo.- Dijo el Buho, que se había tratado de serenar solo para poder contarle aquellas cosas- Se que está vivo. La tierra apesta a su hedor tóxico. Las pocas plantas que hay se pudren y mueren, los animales a partir de aquí son caricaturas ominosas de lo que es un ser vivo... si es que alguna vez lo fueron... y su influencia es peligrosa. No te hagas el tonto, se que ahora mismo también lo sientes.
- Lo siento, pero no puedo creer que viva
- Tendrás que creerlo. Yo lo creo, tanto como que sus siervos son quienes tienen a mi hija. No se ni donde se encuentran, y a cada día que pasa estoy mas enfermo para reanudar su búsqueda.

Sigurd apuró lo que le quedaba, relamiendose mientras pensaba en el amargo momento que le iba a tocar vivir.

- Sabes que no quiero hacer lo que me han mandado, ¿verdad?- dijo Sigurd con amargura
- Pero tienes que hacerlo.- dijo el Buho, que había empezado a toser otra vez- Hazlo y termina con todo mi pesar de una vez
- Me has enseñado muchas cosas, amigo mio.
- Te quiero pedir solo una cosa antes de que me des el descanso
- Claro, pídeme.
- Busca a mi hija. Impide que ese hijo de puta la utilice para lo que mierdas sea que la quiera utilizar.
- La buscaré. Te lo prometo- dijo levantándose. El Buho cerró los ojos y sonrió.
- Ah, y Lobo, me llamo Zelborg. Para que me puedas recordar siempre.
- Yo me llamo Sigurd, hermano- dijo mientras se odiaba sí mismo, canalizando la mayor cantidad de energía que ese odio le proporcionaba. Tenía la esperanza de que al calentar en exceso el aire a su alrededor, la combustión fuera tan fuerte que la muerte fuera por choque térmico. Al dirigir el puño hacia el corazón de Zelborg, este murió casi al instante, atravesado por un brazo llameante que desintegró el area alrededor. El voluminoso cuerpo de Zelborg cayó por su propio peso al suelo.

Por primera vez en mucho tiempo, Sigurd lloró a lágrima viva, cayendo de rodillas y tratando de no sentirse tan culpable como se sentía, pero los hechos hablaban por sí solos. Los dioses le habían ordenado matar a su amigo, quien ademas estaba enfermo de cáncer porque una presencia sobrenatural envenenaba el aire. No podía evitar sentirse miserable como el que mas. Tardó un buen rato en siquiera poder incorporarse, pero el sentimiento de culpa que le invadía no se iba. Caminó a oscuras por los pasillos hasta llegar al ascensor y se sintió tan agotado mentalmente, tan hundido, que tuvo que pararse a dormir un rato.

La bruma, ya familiar, dio paso a un gran salón del trono, una estancia de gran altura, toda compuesta por madera tallada, con figuras de bestias y heroes luchando, y al fondo un gigantesco trono en el cual había un hombre de gran tamaño con cabellos y barba blancos, con el porte mas majestuoso posible y un aura mas allá de lo concebible por la humanidad. Su único ojo, cargado de sabiduría, se había posado en él. Vestía una gran túnica con un sombrero de ala ancha, y se apoyaba, cual si fuera un cetro, en una lanza. A su lado, dos colosales figuras también se habían fijado en él. A la izquierda estaba un hombre de largos cabellos rubios, con una larguísima barba trenzada, vistiendo una armadura de cota de malla y pantalones verdes con botas de negro cuero. Carecía de mano derecha. Y a la diestra de la primera figura, estaba Thor, con sus rojos cabellos y barba, portando sus guanteletes, su martillo y su cinturón de fuerza, vistiendo su camisa roja y sus blancos pantalones.

- Acércate, Mjolnir- le dijo la figura central, con una voz tan poderosa que se metió en su mismísimo interior, retumbando incluso en sus pensamientos mas ocultos. Sigurd no lo dudó un solo instante- Hoy has cumplido una vez mas con tu cometido. Estamos complacidos-
- Gracias, Padre de todos- respondió Sigurd y haciendo una reverencia al que intuyó que debía de ser Odín, el señor de Asgard
- Sabemos del dolor que para tí ha debido suponer esta tarea- dijo otra voz potente pero mucho mas amable, la del hombre cuyas señas de identidad identificaban como Tyr- Y es por eso que hoy te concederemos una gracia.
- Podrás pasar un día entero en las estancias de la eternidad, aquí en Asgard, junto a los guerreros que hasta aquí han ascendido- le ofreció Thor, con una voz tan firme como el mismísimo sonido que ejerce el rayo- Convivir con ellos, comer y beber con ellos, y conocer la eternidad que puede ser tuya también el día en que te llegue la hora.
- Os estoy muy agradecido, oh dioses- dijo Sigurd preocupado por lo que estaba a punto de decir- Pero... es que yo preferiría otro favor, que tampoco creo que sea difícil de pedir en realidad.

Se hizo un silencio, pero al poco, Odín empezó a reír como un padre amable ante un hijo inconformista.

- Ya sabía yo que esto no iba a ser así- dijo tranquilo- Tu quieres hablar con ella, ¿verdad?
- Si, gran padre. Quisiera hablar con ella un rato- pidió Sigurd. El silencio dió paso a las sonoras carcajadas de los tres dioses.
- Lo siento, Mjolnir. No puedo concedertelo. Esta oferta que te he hecho es lo máximo que puedo concederte por el momento por tus servicios. Pero no pasa nada si la rechazas por el momento. Al fin y al cabo es aquí donde acabarás cuando mueras. Quizá no quieres probar algo antes de tiempo, que también es sabio.
- Perdonad mi ignorancia, pero no he entendido por qué no puedo hablar con Cuervo- afirmó preocupado Sigurd
- Es simple, hijo mio- le respondió Thor- Porque no está aquí.
- ¿Cómo que no está aquí? Pero... si era el oráculo del Alfather.
- Esa información es peligrosa, Lobo. Algún día lo sabrás.- le dijo Odín
- Mientras tanto, deberías regresar al bosque. Un descanso antes de la misión que te encomendaremos- dijo Tyr
- Tiempos difíciles se aproximan, hijo mio. Y debes estar preparado. Pues quizá el destino del planeta recaiga sobre tus acciones.- dijo con serena voz Thor
- Volveré entonces- dijo Sigurd haciendo de nuevo una reverencia.

Pero la niebla volvió a envolverle en vez de despertar, y en vez de encontrarse de nuevo en aquel lugar, estaba en medio de las brumas. La esbelta figura de Cuervo se había aparecido ante él. Y una mezcla de impotencia, desconcierto y dolor se adueñaron de los pensamientos de Sigurd
- He tenido que traerte de nuevo a la niebla. Perdóname por evitar que despiertes- le dijo Cuervo con mirada preocupada y expresión dolorosa
- ¿Por qué no me has dicho nada?- dijo Sigurd tratando de contener la rabia que se apoderaba de él- No has llegado a Asgard
- Ni nunca podría- confesó Cuervo mirando hacia otro lado.- No se ni cómo hacer esto. Pero si te hablo desde aquí es porque no quiero que nos encuentren. Por favor, confía en mí, me está costando muchísimo hacer esto.
- No entiendo absolutamente nada- dijo Sigurd cansado, tratando de no desplomarse ante tantas emociones juntas de seguido
- Vale, te debo un par de respuestas- le dijo Cuervo resignada- Pregúntame lo que sea y trataré de responderlo, creo que te lo debo al menos.
- ¿A dónde has ido? ¿Y por qué has ido a ese lugar?
- Estoy en medio de la bruma. Existo solo aquí. Esto te va a resultar duro.
- Un momento...- dijo Sigurd, que había conectado fragmentos de su pasado ante la mas dura de las sospechas- Dime que no. No puede ser cierto.
- Es cierto- dijo Cuervo volviendo la mirada a Sigurd- Y no te lo he podido contar antes, perdóname. Por favor, no lo he hecho a malas, tienes que escucharme.
- Le entregaste tu vida a él para que pudiera volver- dijo Sigurd incrédulo. Estaba temblando incluso ahí, en aquel extraño lugar mas allá de las dimensiones.
- Sigurd, joder, escúchame- le pidió llorando Cuervo- Estuvo años y años sola esperándole en el bosque, nadie se me acercaba porque todos le odiabais, y yo no, teníamos planes juntos y no se iban a cumplir porque nadie nos quería ni escuchar, ¿es tan difícil eso?
- Que se había cargado a medio bosque. Y te encontré muerta a sus pies, ¿Es que querías que pensáramos otra cosa? Eras nuestra amiga.
- No te culpo, de verdad- se acercó a coger sus manos- No te culpo, pero yo tenía que hacerlo. Y es que no me vas a creer, Sigurd, no me vas a creer nada, pero lo he hecho por ti. He desafiado a todo por ti. Me sacrifiqué para poder tener momentos como este en el que puedo contarte cosas sin que nadie nos oiga, sin que nos espíe nadie. Nada puede vernos ni oírnos aquí.
- Estoy aún mas confuso de lo que puede parecer
- Si, lo se, perdón- dijo abrazándole. Era algo real o al menos lo sintió.- No puedo parar de pedírtelo, tengo tantas cosas que quiero poder contarte y no puedo. No puedo porque no es el momento, porque cambiar las cosas podría hacerte mucho mas daño.
- ¿Cuanto tiempo tenemos?
- Un rato al menos. ¿Hay algo que necesites preguntarme?
- No lo se. No se que está pasando ni por qué ahora.
- Quiero que me escuches bien, ¿vale?- dijo mirándole a los ojos- Quiero que me hagas caso y que por favor, si tienes que dudar de algo, que no sea de mi.
- No puedo no hacerte caso- dijo Sigurd queriéndose morir- Ya lo sabes.
- Si, lo se. Y yo te quiero mucho, muchísimo, y te mereces tantísimo...- volvió a abrazarle, mas fuerte que antes.- Salva a la hija del Buho, Sigurd. Ella es la clave. Por favor, impide que se salgan con la suya.
- ¿Quién?- dijo preocupado Sigurd- ¿Los tecnomantes? ¿El Jabalí? ¿Los renegados?
- Todos ellos- le dijo dándole un beso en la mejilla- Me tengo que ir, Sigurd.
- Espera, una última pregunta- pidió apresuradamente Sigurd- Por favor
- Vale, pero rápida o me pondré a llorar otra vez- dijo tratando de bromear
- ¿Por qué me quieres ayudar a mi? Él es tu pareja, es a quien amas. ¿Por qué me quieres ayudar contra él?
- Porque he visto muchas cosas, Sigurd. Y lo que he visto es demasiado injusto. Yo también se lo que es estar sola. Me niego a creer que el sufrimiento es en vano para algunos. Y mas para ti, que tienes las mas duras tareas. Ademas, sin tu no hubiera conocido a personas tan maravillosas. Ah, por cierto, me han mandado saludos para ti.

De entre la niebla, Zelborg salió, vital como lo recordaba de aquellos días, con su camisa verde y sus pantalones de cuerda.

- Sigurd, hermano, fíate de la moza, que vale oro- le dijo mientras se abalanzaba a abrazarle.
- Zelborg, no me lo puedo creer- dijo sorprendido mientras le abrazaba.
- Mira, te digo, para que termines de rematar esta conversación- dijo soltándose pero cogiendo sus brazos- No le digas a nadie, A NADIE, lo que hables con nosotros dos. Volveremos a verte en tus sueños siempre que podamos, que no creo tampoco que sea mucho, pero oye, algo es algo, el poder de la amistad es real. Haz lo que te dice aquí la corvacea, y llegado el momento comprenderás muchas cosas.
- Os haré caso. Os quiero muchísimo
- Nosotros a ti también- dijo Cuervo antes de lanzarle un beso y desvanecerse junto a Zelborg en la niebla.

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